Se publica en México un nuevo libro de hermenéutica. Se trata de ASPECTOS DE LA HERMENÉUTICA ANALÓGICA, del sello Editorial Torres y Asociados. Participan varios expertos del campo de la hermenéutica y la obra se inicia con un artículo de mi autoría titulado: "La herencia ricoeriana en la hermenéutica analógica de Mauricio Beuchot" donde expongo el modo en que el filósofo mexicano abreva en la hermenéutica de Paul Ricoeur, sobre todo en los aspectos de la analogía, la voluntad, "el símbolo da que pensar" y la historia. También desarrollo la hermenéutica analógico-icónica en la teología sistemática del propio Beuchot donde muestra cómo se refleja la analogía entre Dios y el hombre, la Trinidad, la Iglesia y el culto cristiano. Como primicia, les comparto la tapa del libro que, como pueden apreciar, posee una estética especial y simbólica. Confío que esta obra, de más de 400 páginas, sea útil para la continuación de quienes estamos apasionados por esta disciplina que al fin y al cabo, a todos nos concierne, desde que somos lenguaje.
Este blog está destinado a dialogar sobre las relaciones entre teología, política y sociedad desde una perspectiva judeocristiana.
martes, 21 de marzo de 2017
martes, 31 de enero de 2017
Tarso: cuna de escuelas filosóficas
“Pablo, en cambio, que
nació en Tarso (Hch. 9, 11; 21, 39; 22, 3), ciudad cosmopolita y centro de
escuelas filosóficas, es un ciudadano metropolitano para todos los efectos. Su existencia se
desarrolla enteramente en las diversas ciudades el mundo greco-romano. Cf. El testimonio
de ESTRABÓN, que no carece de exageraciones retóricas: ‘Entre los habitantes de
Tarso reina un celo tan grande por la filosofía y por todas las ramas de la
formación universal, que su ciudad supera tanto a Atenas como a Alejandría o
toda otra ciudad en la que haya escuelas y estudios de filosofía. […] Pero,
como Alejandría, Tarso posee escuelas para todas las ramas de las artes
liberales.”
Giuseppe Barbaglio, Jesús de Nazaret y Pablo de Tarso, trad.
Luis H. Rivas, Buenos Aires: Agape, 2008, p. 64
El autor contrasta las
figuras históricas de Jesús de Nazaret y San Pablo, mostrando que Jesús era un
hombre de provincia, que se mantuvo lejos de las grandes ciudades y era
artesano mientras que Pablo (Saulo) era de Tarso. No es un dato menor que esa
ciudad fuese un centro de escuelas filosóficas a las cuales no estuvo inmune el
apóstol de los gentiles, cosa que se pone de manifiesto, sobre todo en su
predicación en Atenas donde se enfrenta con los epicúreos y estoicos para
presentar la Buena Nueva de Jesús y su resurrección. Allí, cita a autores
griegos y muestra los puntos de contacto entre su mensaje y los textos de esos
autores paganos. Todo esto conduce a una conclusión básica e importante: la
teología de San Pablo detectable en sus cartas, no es resultado de un mero
dictado del Espíritu Santo sino fruto de una reflexión en la cual coexisten
tanto los textos del Antiguo Testamento como el razonar propio de los
pensadores griegos. Como señala Juan Luis Segundo, aunque Pablo no era un
teórico al estilo de los griegos: “Cuando teoriza, lo hace a medida que los
problemas le obligan a procurar una solución eficaz. Y de pregunta en pregunta,
de respuesta en respuesta, va componiendo su discurso.” (La historia perdida y recuperada de Jesús de Nazaret, Santander:
Sal Terrae, 1991, p. 383). En síntesis: la fe en Jesús de Nazaret como el
Mesías, surge en un mundo grecorromano y San Pablo es un modelo de cómo esa fe
se expanda en ese mundo encarnándose en él. Un camino que también debemos
transitar quienes deseamos que esa misma fe sea relevante para nuestro mundo
hoy.
Ilustraciones: Iglesia de San Pablo en Tarso (Turquía). Cuadro de imagen de San Pablo
martes, 20 de diciembre de 2016
Mi Dios es frágil
"Mi Dios no es un Dios duro, impenetrable, insensible, estoico, impasible.
Mi Dios es frágil.
Es de mi raza.
Y yo de la suya.
El es hombre y yo casi Dios.
Para que yo pudiera saborear la divinidad
él amó mi barro.
A mi Dios le hizo frágil el amor.
Mi Dios conoció la alegrìa humana, la amistad,
el gozo de la tierra y de sus cosas.
Mi Dios tuvo hambre y sueño y se cansó.
Mi Dios fue sensible.
Mi Dios se irritó, fue pasional.
Y fue dulce como un niño.
Mi Dios tembló ante la muerte.
Mi Dios se alimentó a los pechos de una madre
y se sintió y bebió toda la ternura femenina.
No amó nunca el dolor, no fue nunca
amigo de la enfermedad.
Por eso curó a los enfermos.
Mi Dios sufrió el destierro.
Fue perseguido y aclamado.
Amó todo lo humano mi Dios: las cosas y los hombres;
el pan y la mujer; a los buenos
y a los pecadores.
Mi Dios fue un hombre de su tiempo.
Vistió como todos, habló el dialecto de su tierra,
trabajó con sus manos, gritó como los profetas.
Mi Dios fue débil con los débiles y severo
con los soberbios.
Murió joven por ser sincero.
Lo mataron porque le traicionaba la verdad
en sus ojos.
Pero mi Dios murió sin odiar.
Murió excusando que es más que perdonando.
Mi Dios es frágil.
...
Juan Arias, El Dios en quien no creo, Ediciones Sígueme, 1986, pp. 145-146
martes, 29 de noviembre de 2016
La función de la filosofía: evitar el hechizo
"Que todo aparecer del ser sea una posible apariencia; que la manifestación de las cosas y el testimonio de la conciencia no sean, quizá, sino el efecto de cierta magia, capaces de extraviar al hombre que espera salir de sí hacia el ser, todo esto no es un loco pensamiento de filósofo. Es todo el desarrollo de la humanidad moderna: su temor a dejarse hechizar."
Emanuel Levinas, TOTALIDAD E INFINITO, Presentación de la edición castellana, París, febrero de 1976.
Llama la atención este modo de iniciar el prólogo a la edición castellana de Totalidad e Infinito. El filósofo judío-lituano dice que su obra, Totalidad e Infinito describe la epifanía del rostro a manera de un "deshechizamiento del mundo". Ese rostro es la desnudez que vemos en el pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero.
La filosofía, a la luz de esta declaración de Levinas, tendría la función de evitar caer en los hechizos del engaño, de la magia, de ser extraviados por los discursos. En otras palabras: ejercer el juicio crítico.
¿No es esa también la función de una teología crítica? Recordemos la fuerte advertencia de San Pablo: ""¡Gálatas insensatos! ¿quién os ha hechizado?" (Gál. 3.1 Biblia del Peregrino).
Alberto F. Roldán
Ramos Mejía, 29 de noviembre de 2016
Emanuel Levinas, TOTALIDAD E INFINITO, Presentación de la edición castellana, París, febrero de 1976.
Llama la atención este modo de iniciar el prólogo a la edición castellana de Totalidad e Infinito. El filósofo judío-lituano dice que su obra, Totalidad e Infinito describe la epifanía del rostro a manera de un "deshechizamiento del mundo". Ese rostro es la desnudez que vemos en el pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero.
La filosofía, a la luz de esta declaración de Levinas, tendría la función de evitar caer en los hechizos del engaño, de la magia, de ser extraviados por los discursos. En otras palabras: ejercer el juicio crítico.
¿No es esa también la función de una teología crítica? Recordemos la fuerte advertencia de San Pablo: ""¡Gálatas insensatos! ¿quién os ha hechizado?" (Gál. 3.1 Biblia del Peregrino).
Alberto F. Roldán
Ramos Mejía, 29 de noviembre de 2016
domingo, 4 de septiembre de 2016
FUÍ AL RÍO...
Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.
Regresaba
—¿Era yo el que regresaba?—
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
—¿Era yo el que regresaba?—
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
Juan Laurentino Ortíz (1896-1978). Poeta nacido en Puerto Ruiz, Entre Ríos. Vivió muchos años en Gualeguay, Entre Ríos, tierra de mis abuelos y mi de padre. Según opinión de Juan José Saer, fue "el más grande poeta argentino del siglo XX."
jueves, 25 de agosto de 2016
Una teología para nuestros días
“Todas las formas de
teología de la liberación insisten en la ‘desprivatización’ de la teología,
pero esta idea ha estado hasta ahora habitualmente limitada a los seres humanos
y no ha incluido el destino del cosmos. La intuición principal de las teologías
de la liberación –que la redención no es el rescate de ciertos individuos para
una vida eterna en otro mundo, sino la plena realización de toda la humanidad
en las realidades sociales y políticas de éste- debe desprivatizarse más, para
que incluya el bienestar de todas las formas de vida. Y esto es así, no sólo
porque, a menos que adoptemos una perspectiva ecológica que reconozca la
dependencia humana del entorno, podría ser que no sobreviviéramos, sino también
porque es de igual importancia teológica, cuando no pragmática, dado que dicha
perspectiva es el paradigma dominante de nuestra época, y la teología que no
esté elaborada desde un diálogo con ese paradigma no será una teología para nuestro tiempo. (…)
El ecosistema del que
formamos parte es un todo: las rocas y las aguas, la atmósfera y el suelo, las
plantas, los animales y los seres humanos interactúan de modo dinámico, apoyándose
mutuamente y hacen insostenible cualquier pretensión de defender un
individualismo atomista. Relación e interdependencia, cambio y transformación-
y no materia, inmutabilidad y perfección- son las categorías con las que debe
elaborarse una teología de nuestros días.”
Sallie McFague, Modelos
de Dios. Teología para una era ecológica y nuclear, Santander: Sal Terrae,
1994. La autora es teóloga estadounidense con notables aportes a la teología feminista y ecológica. Algunas de sus obras son: Speakings in Parables: A Study in Metaphor and Theology, Metaphorical Theology: Models of God in Religious Language. Llama la atención su aprecio a los aportes que las teologías de la liberación han hecho a la reflexión teológica, aunque insta a dar pasos más enérgicos y abarcadores en nuestra visión teológica para el mundo de hoy, seriamente amenazado en su subsistencia.
jueves, 7 de julio de 2016
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