martes, 4 de septiembre de 2012

A favor del Estado laico - Alberto F. Roldán





El debate sobre el matrimonio igualitario que finalmente tuvo sanción legal en la Argentina, suscitó en su momento las más enconadas polémicas en el ámbito de algunas iglesias evangélicas. En un artículo fuertemente crítico de esa iniciativa, el pastor Jorge Himitian elaboró una encendida argumentación en la cual negaba la existencia del carácter laico del Estado. En estos días de setiembre de 2012 en que se discute en ambas cámaras del Congreso Nacional la reforma del Código Civil, es oportuno volver a reflexionar sobre la importancia de apostar por un Estado laico.  Entre las polémicas que había suscitado el tema del matrimonio igualitario, el pastor Jorge Himitian expresaba lo siguiente:  

El “Estado laico” no existe. No se puede vivir en sociedad a partir de la nada. A partir de un total vacío teológico o ideológico. Ese pretendido "Estado Laico”, es una falacia, una irrealidad. Pues siempre subyace una idea (ideología), o una creencia (teología), a partir de las que se establecen los criterios o parámetros válidos para la convivencia social.[1]

 

Al confrontarnos con un texto de cualquier naturaleza, el “círculo hermenéutico” elaborado por Martín Heidegger en el campo filosófico y enriquecido luego por la teología cristiana (Rudolf Bultmann, Gerhard Ebeling, Juan Luis Segundo, entre otros) implica que es necesario aplicar la “sospecha”. Una sospecha que simplemente puede ser formulada en la sencilla pregunta: “¿será así?” Una sospecha que, para el caso que nos ocupa, es de naturaleza ideológica, filosófica y teológica. Vamos al punto.

Negar la existencia misma del “Estado laico” es ignorar la realidad del Estado moderno como tal. Si algo caracteriza al Estado en la modernidad es la superación de los Estados confesionales de la Edad Media, ampliamente dominados por las iglesias, sus confesiones y sus dogmas. Un Estado confesional persigue a las personas por sus creencias y no admite disensos ni pluralismo. La laicidad del Estado es un fruto que germinó en Europa. Como explica Silvio Ferrari:

Se trata de un momento fundamental en la historia de Europa, porque señala el alejamiento del centro de gravedad del derecho de Dios al hombre, iniciando el proceso de secularización de los ordenamientos jurídicos, y del centro de gravedad de la esfera pública a la privada […][2]

 

Durante la Edad Media la Iglesia católica ejerció un enorme y comprehensivo dominio sobre todas las esferas: la religión, la filosofía, la cultura, las ciencias, las artes, la política y la economía de modo que, como dice Marramao: “la existencia de la Iglesia, entendida como gobierno de Cristo sobre la tierra, dominaba la esfera mundana.”[3] Este filósofo italiano, que se ha ocupado de analizar profundamente el tema de la secularización en Occidente, admite al interpretar a Hegel, que fue la Reforma protestante la que abrió el acceso a una dimensión nueva, profundamente moderna que afirma la libertad. La separación de la Iglesia y el Estado tiene su germen en la Reforma protestante pero implicará un largo desarrollo del pensamiento de filósofos como John Locke, Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau entre otros. Por eso no se entiende bien cómo al mismo tiempo que niega la existencia del Estado laico, Himitian suscriba a ese principio cuando dice: “reconocemos y aprobamos la separación saludable entre la Iglesia y el Estado […]”[4] Porque si no se reconoce la existencia del Estado laico o secular, separado de la institución religiosa, prescindente en materias de fe pero respetuoso de las creencias de sus ciudadanos, mal se puede suscribir luego al postulado de la separación de esas esferas. De paso, sospechamos que ese postulado, tan repetido por los evangélicos es, a veces, muy mal comprendido.

            Por otra parte, el reconocimiento de la laicidad del Estado no significa que esa realidad exista independientemente de contenidos ideológicos y aún teológicos. Por supuesto que la concepción misma de un Estado laico implica un largo desarrollo de ideas y de sistemas políticos que permitan la vida armónica de los ciudadanos. Nadie pretende decir que un Estado laico no tiene ideas que lo sustentan como tal y a partir de las cuales se establecen normas de convivencia. La laicidad del Estado tiene como finalidad separar las esferas política y religiosa cuya simbiosis produjo tanto daño a las sociedades antiguas y medievales provocando guerras religiosas –una verdadera contradicción en términos– persecuciones, ostracismos y condenaciones. Nos guste o no, vivimos hoy en sociedades caracterizadas por el pluralismo y que, como tales, se resisten a la uniformidad que una mayoría quisiera imponer. Si se trata de argumentar que la mayoría de los ciudadanos argentinos son teístas, eso no significa que el Estado deba serlo para imponer credos religiosos o convicciones que, al ser forzadas, dejan de tener ese carácter. El sesgo laico del Estado moderno es, como dice Habermas[5] una condición necesaria para garantizar la libertad religiosa en un marco de pluralismo y respeto de mayorías hacia minorías y viceversa. Pero, a su vez, significa la neutralidad del Estado en asuntos de conciencia o de fe religiosa. Entendemos que el carácter secular del Estado no implica que sea ni ateo, ni agnóstico ni creyente, porque su responsabilidad no es de naturaleza religiosa sino política. Le está asignado un carácter prescindente en materia religiosa. Lo que sí debe garantizar es la libertad personal, de conciencia y de religión para todos los ciudadanos. En la raíz de esta concepción está la Reforma protestante como punto de partida y una historia posterior, sobre todo en el siglo XVII, conducente a una secularización que, para algunos filósofos y teólogos[6] es el espacio al que nos conduce el cristianismo ya que la “primera secularización” se produjo cuando “el Verbo se hizo carne”. En palabras de Vattimo: “la encarnación de Jesús […] es, en sí misma, ante todo, un hecho arquetípico de secularización.”[7]

            A modo de conclusión: negar la existencia del Estado laico no sólo es desconocer una realidad histórica –que para algunos creyentes resulta incómoda– sino que implica derivar en un único camino alternativo: el Estado confesional. La historia de Occidente es pródiga en cuanto a lo que éste modelo ha significado en términos de condenación, persecución, ostracismo y muerte. O Estado laico o Estado confesional. Apostar por el Estado laico significa separarlo de la Iglesia entendida como institución religiosa. Y eso significa que cualquier otro organismo religioso debe gozar tanto de la libertad para celebrar su culto como también de generar sus propios recursos económicos para su funcionamiento. Si la reforma del Código Civil tiende, como se espera, a una mayor igualdad, entonces nada mejor que superar las desigualdades que hasta hoy se han verificado en nuestra historia. No hay libertad sin plena igualdad.   

 

NOTAS:

[1] Jorge Himitian, “No existe el ‘Estado laico’”. www.enmision.com.ar  Accedido el 26 de mayo de 2010

2 Silvio Ferrari, “Religión y laicidad” en Roberto Bosca – José E. Miguens (compiladores), Política y religión. Historia de una incomprensión mutua, Buenos Aires: Lumiere, 2007, pp. 130-131

3 Giacomo Marramao, Cielo y tierra. Genealogía de la secularización, Barcelona: Paidós Ibérica, 1998, p. 32.

4 Himitian, op. cit.



 
 
 
 
 
 
[5] Jürgen Habermas, Entre naturismo y religión, Barcelona: Paidós, 2006, p. 127.
[6] Pensamos en los trabajos de Giacomo Marramao: Cielo y tierra y Poder y secularización, Johann Baptist Metz: Teología del mundo, Dios y tiempo, y Harvie Cox, La ciudad secular, entre otros.
[7] Gianni Vattimo, Después de la cristiandad, Buenos Aires: Paidós, 2004, p. 85. Es oportuno señalar el error de identificar “secularización” con “secularismo”. Este último es un extremo del fenómeno que implica la invasión de la secularización al campo de la fe y la religión.
El autor es doctor en teología y master en ciencias sociales. www.teologos.com.ar
El presente artículo fue publicado originalmente en mayo de 2010 bajo el título: “¿Estado laico o Estado confesional”.  Se ofrece ahora, ligeramente modificado en su introducción y conclusión.  
Ramos Mejía,  4 de setiembre de 2012.

lunes, 3 de septiembre de 2012

El Reino de los cielos y el reino de este mundo según Alejo Carpentier



 
 
 
Alejo Carpentier nació en La Habana, Cuba, en 1904. Hijo de padre francés y madre rusa, es considerado uno de los escritores más importantes del llamado boom latinoamericano. Dueño de una gran formación cultural, con estudios de arquitectura, periodismo y música, obtuvo el Permio Miguel de Cervantes de la Real Academia de la Lengua Española. Vivió mucho tiempo en París, ciudad donde falleció en 1980.

De sus muchas obras, rescatamos El reino de este mundo, donde expone, de modo narrativo, el drama americano, con Haití como escenario. En el prólogo de ese libro, Carpentier acuña lo que después va a ser recogido por otros escritores: “lo real maravilloso.” Sentencia Carpentier: “¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?”

Pero en el final de su obra, es cuando Carpentier va a contrastar el Reino de los cielos del reino de este mundo. Dice:

“En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria,. Capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo.” (Alejo Carpentier, Concierto barroco y el Reino de este mundo, Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, 1997, pp. 215-216).

 

 

miércoles, 25 de julio de 2012

EL REINO VINIENDO ESTÁ





Sus piernas nunca caminan,
siempre sueñan con andar,
treinta y ocho son los años
fatiga tanto esperar.

Nadie me lleva al estanque
cuando el agua corre y va;
la vida tiene sorpresas:
Jesús ya está por pasar.

El Reino está viniendo,
deja a la lluvia mojar,
cascada de pura gracia,
nuevo, nueva nos hará.

Los judíos lo persiguen;
hoy no se puede curar,
pero Dios no tiene días,
todo su tiempo es amar.

Corre agua por sus venas,
por su cuerpo ríos van,
desemboca entre sus manos
el más puro manantial.

El Reino está viniendo...

Juan Damián

De: Crearte.
Música y arte litúrgico en Red.

lunes, 2 de julio de 2012

Un vacío en la teología latinoamericana


La pérdida de José Míguez Bonino deja una laguna en la teología latinoamericana

Antonio Carlos Ribeiro


Río de Janeiro, lunes,  2 de julio de 2012 (ALC) –

 La muerte del teólogo metodista argentino José Míguez Bonino, a los 88 años, el sábado 30 de junio, deja un sentido vacío en la teología latino-americana, de modo especial en la teología evangélica, ecuménica y en la reflexión sobre el amor preferencial de Dios por los pobres.

Bonino, como recuerda la nota de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata (IERP), fue pastor metodista, teólogo de la Liberación – con artículos y libros publicados, entre los cuales se destaca ‘Rostros del Protestantismo Latino-Americano’ – profesor emérito del Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET).Deja significativa contribución a la tradición de las iglesias evangélicas del continente.



Bonino tenía una lectura abarcativa de la realidad latino-americana, substituía discriminaciones de cualquier naturaleza por un diálogo franco – algunas veces duros, como con Moltmann–, mas siempre propositivo, a partir de principios y siempre con muchas preguntas. Él deja la marca de teólogo serio, que integraba elementos conceptuales aparentemente contradictorios, pero los superaba con el esfuerzo de estudioso, inquieto y sin huir de las grandes cuestiones.



Defendía la teología como discurso legítimo, audaz, con preguntas y respuestas a su tiempo para las iglesias, y a todos que postulaban diálogos claros, con las respuestas obtenidas y las aún por perseguir. De él se aprendió que “toda teología que merece el nombre de tal parte de la realidad y a ella retorna”. La comunidad ecuménica queda huérfana de ese pensador y decano de los Teólogos Evangélicos Latinoamericanos.

domingo, 1 de julio de 2012

José Míguez Bonino y los derechos humanos




Otro de los rasgos destacables de la personalidad de José Míguez Bonino fue su decidida participación a favor de los derechos humanos conculcados por la dictadura militar de los años 1970. Rescatamos su propio testimonio:

“en los años ´70 no había tiempo para dudas. Los “derechos humanos”, en términos directos, la defensa de la vida humana, fue vista por muchos cristianos como el inexcusable reclamo de amor. Por diferentes razones me había decidido a embarcarme ya antes del golpe militar de 1976, junto con otras personas del mundo religioso, mayormente judíos y cristianos, de la vida política, cultural y sindical, para crear la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, para defender y sostener la vida amenazada de nuestro pueblo. A diferencia de la típica “neutralidad” con la que otras organizaciones procuraron evitar los conflictos internos, algunos de nosotros insistiríamos en que, en la situación en la cual todos estábamos expuestos, poniendo nuestras vidas en juego, todos necesitábamos “confesar” y compartir las convicciones más profundas que nos llevaban a estar allí. Como Declaración oficial para organizar nuestro trabajo estaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Constitución Nacional. Pero abierta y respetuosamente también expresábamos nuestras motivaciones personales. En una noche particularmente crítica, cuado íbamos dejando el edificio, no pude evitar decirle a un amigo, militante comunista: “Buenas noches, don Jaime, que Dios lo bendiga.” Me miró algo confundido y luego, serio y visiblemente conmovido, me dijo “Sí, José, que Dios nos bendiga.” ¡Sí, y siguió siendo un militante comunista! Hay muchas historias como estas en esos años…” (José Míguez Bonino, “Notas autobiográficas de un recorrido pastoral y teológico” en El silbo ecuménico del Espíritu. Homenaje a José Míguez Bonino en sus 80 años, Buenos Aires: Isedet, 2004, p. 433).



Alberto F. Roldán, Ramos Mejía, 1 de julio de 2012

sábado, 30 de junio de 2012

José Míguez Bonino: cristiano cabal y comprometido






Hoy, 30 de junio de 2012 , nos ha dejado el maestro José Míguez Bonino.  En mi humilde opinión, ha sido el más importante teólogo protestante latinoamericano del siglo XX y comienzos del presente. No es este el momento adecuado para intentar demostrar tan arriesgada opinión, pero podría ensayar algunas razones:  su extensa obra publicada, las generaciones de jóvenes teólogos y teólogas que fueron  influidas por su agudo pensamiento, ser un referente para el  mundo ecuménico, incluyendo la Iglesia Católica Apostólica Romana ya que, por ejemplo, fue observador protestante latinoamericano del Concilio Vaticano II. Pero hay, además, virtudes humanas y cristianas que lo caracterizaron siempre: humildad, amor, espíritu de servicio y una coherencia entre su pensamiento y su acción.

Se me agolpan imágenes en la mente. Mi primer contacto con sus textos ocurrió en la década de los años 1960, cuando mi tío Raúl, que tenía una librería cristiana en calle Corrientes, Buenos Aires, me daba a leer el libro LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DEL CRISTIANO, que incluía un capítulo de José titulado: “Fundamentos teológicos de la responsabilidad social del cristiano”. Era un libro del naciente movimiento ISAL, Iglesia y Sociedad en América Latina. Confieso que ese libro me traía la “teología celestial” a la tierra. Había otra manera de pensar la fe, situada en las realidades terrenas, humanas y temporales.

Después tuve el privilegio de continuar estudios teológicos en Guatemala y allí entré más profundamente en el pensamiento de José por medio de su gran libro: LA FE EN BUSCA DE EFICACIA. Corría el año 1978, pleno auge de la teología de la liberación y su obra me impactó, me ayudó a entender esta nueva teología y, sobre todo, admirar su nivel de reflexión en el capítulo “Hermenéutica, verdad y praxis.”

Recuerdo que cuando volví de Guatemala con mi familia, pude conocer a José en un  encuentro de Asit y le dije: “Yo tuve que ir a Guatemala a leer sus libros”. ¡Claro!  Porque en algunos ambientes, su nombre no era bien aceptado.

El tiempo transcurrió , y el Señor me permitió el privilegio enorme de ser su discípulo, sobre todo para la elaboración de mi tesis doctoral sobre la ética social de los Hermanos Libres en la Argentina, tema que le apasionaba porque, creo, su esposa era de ese origen.

Recuerdo nítidamente las veces que dialogábamos sobre el tema tanto en su casa como en la mía, ya que José tuvo la disposición de visitarme muchas mañanas primaverales para “teologizar” café de por medio.

De sus obras, de su pensamiento y de lo que influyó en mi vida podría, acaso, escribir un libro. Fue José quien me introdujo en la teología de Barth y el compromiso de fe y de acción de Bonhoeffer. Fue José, como escribí dedicándole la primera edición de ¿Para qué sirve la teología?   -que tuvo la gentileza de prologar:- que “me enseñó que la teología es un pensamiento situado.”  Fue José quien más influyó en mi peregrinaje del “eclesiocentrismo teológico” a una teología del Reino. Fue él quien advirtió que “bautizar como cristianas a las utopías concretas que emergen en la búsqueda humana no sólo es ignorar la novedad cualitativa de la consumación de Dios sino también sacralizar –y mucho más serio aún- clericalizar- los proyectos humanos.” (Toward a Christian Political Ethics, p. 92.

José Míguez Bonino. Un cristiano cabal. Un cristiano comprometido. Un hombre transparente.

¡Eterna gratitud maestro José!



Alberto F. Roldán

Ramos Mejía, 30 de junio de 2012

José Míguez Bonino: cristiano cabal y comprometido






Hoy, 30 de junio de 2012 , nos ha dejado el maestro José Míguez Bonino.  En mi humilde opinión, ha sido el más importante teólogo protestante latinoamericano del siglo XX y comienzos del presente. No es este el momento adecuado para intentar demostrar tan arriesgada opinión, pero podría ensayar algunas razones:  su extensa obra publicada, las generaciones de jóvenes teólogos y teólogas que fueron  influidas por su agudo pensamiento, ser un referente para el  mundo ecuménico, incluyendo la Iglesia Católica Apostólica Romana ya que, por ejemplo, fue observador protestante latinoamericano del Concilio Vaticano II. Pero hay, además, virtudes humanas y cristianas que lo caracterizaron siempre: humildad, amor, espíritu de servicio y una coherencia entre su pensamiento y su acción.

Se me agolpan imágenes en la mente. Mi primer contacto con sus textos ocurrió en la década de los años 1960, cuando mi tío Raúl, que tenía una librería cristiana en calle Corrientes, Buenos Aires, me daba a leer el libro LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DEL CRISTIANO, que incluía un capítulo de José titulado: “Fundamentos teológicos de la responsabilidad social del cristiano”. Era un libro del naciente movimiento ISAL, Iglesia y Sociedad en América Latina. Confieso que ese libro me traía la “teología celestial” a la tierra. Había otra manera de pensar la fe, situada en las realidades terrenas, humanas y temporales.

Después tuve el privilegio de continuar estudios teológicos en Guatemala y allí entré más profundamente en el pensamiento de José por medio de su gran libro: LA FE EN BUSCA DE EFICACIA. Corría el año 1978, pleno auge de la teología de la liberación y su obra me impactó, me ayudó a entender esta nueva teología y, sobre todo, admirar su nivel de reflexión en el capítulo “Hermenéutica, verdad y praxis.”

Recuerdo que cuando volví de Guatemala con mi familia, pude conocer a José en un  encuentro de Asit y le dije: “Yo tuve que ir a Guatemala a leer sus libros”. ¡Claro!  Porque en algunos ambientes, su nombre no era bien aceptado.

El tiempo transcurrió , y el Señor me permitió el privilegio enorme de ser su discípulo, sobre todo para la elaboración de mi tesis doctoral sobre la ética social de los Hermanos Libres en la Argentina, tema que le apasionaba porque, creo, su esposa era de ese origen.

Recuerdo nítidamente las veces que dialogábamos sobre el tema tanto en su casa como en la mía, ya que José tuvo la disposición de visitarme muchas mañanas primaverales para “teologizar” café de por medio.

De sus obras, de su pensamiento y de lo que influyó en mi vida podría, acaso, escribir un libro. Fue José quien me introdujo en la teología de Barth y el compromiso de fe y de acción de Bonhoeffer. Fue José, como escribí dedicándole la primera edición de ¿Para qué sirve la teología?   -que tuvo la gentileza de prologar:- que “me enseñó que la teología es un pensamiento situado.”  Fue José quien más influyó en mi peregrinaje del “eclesiocentrismo teológico” a una teología del Reino. Fue él quien advirtió que “bautizar como cristianas a las utopías concretas que emergen en la búsqueda humana no sólo es ignorar la novedad cualitativa de la consumación de Dios sino también sacralizar –y mucho más serio aún- clericalizar- los proyectos humanos.” (Toward a Christian Political Ethics, p. 92.

José Míguez Bonino. Un cristiano cabal. Un cristiano comprometido. Un hombre transparente.

¡Eterna gratitud maestro José!

Alberto F. Roldán

Ramos Mejía, 30 de junio de 2012