domingo, 23 de marzo de 2014

El lugar de la teología según Harvey Cox


           



            El problema mismo de qué es en sí la teología constituye una cuestión teológica. Se ocupa del lugar y el objeto del teologizar. Incluye consideraciones tales como qué es un “problema teológico” y cómo y dónde surgen las cuestiones teológicas. Lo que pensamos está determinado en una medida mucho más grande de lo que imaginamos por dónde pensamos (nuestro “Sitz im Denken”[1]) y por qué pensamos (el objeto de la investigación teológica). Quiero defender que el objeto de la teología es servir a la comunidad profética. Por esta razón el lugar de la teología es ese filo de navaja donde la compañía del pueblo fiel agarra las corrientes más rápidas de la época. Toda “teología” que ocurra en otra parte o por alguna otra razón apenas merece el nombre de teología. (…)
            La tarea de la profecía es iluminar la historia contemporánea, clarificar las opciones cruciales y llamar al hombre a la administración responsable de su mundo. La tarea de la teología es guiar, criticar y ahondar la profecía.
Harvey G. Cox, No lo dejéis a la serpiente, Barcelona: Península, 1969, p. 35.




Cox, teólogo bautista estadounidense. Fue profesor de teología y cultura en el Andover Newton Theological School de Massachussetts. Obtuvo su Ph D en la Universidad de Harvard. Al fin de la segunda guerra mundial realizó viajes a Polonia y Alemania. En ese último país, en el año académico 1962-63 mantuvo contacto con iglesias y universidades de Alemania oriental. Al regresar a Estados Unidos fue arrestado en el sur, por tomar parte activa a favor de los derechos civiles.
Su obra más conocida es The Secular City (1965) donde reflexiona sobre el desafío que la secularización implica para la teología cristiana y para el modo de ser iglesia en ese contexto.
En los párrafos que he transcrito, aparecen varios puntos dignos de ser resaltados. En primer lugar, la pregunta siempre actual y acuciante: “¿qué es la teología?” Pregunta que en sí misma es una cuestión teológica. Cox dice que esa pregunta nos conduce a dos asuntos: el lugar y el objeto de la teología en tanto teologizar, o sea, reflexionar desde los datos de la fe cristiana pero vinculando esa fe con el contexto en que nos toca vivir. Por esa razón el locus (lo que Cox denomina en alemán Sitz im Denken) es determinante a la hora de hacer teología. Lo cual, para nosotros como latinoamericanos y latinoamericanas, significa que nuestro locus geográfico, cultural y vivencial es diferente al de Europa, Estados Unidos, Asia u Oriente. Por eso no sólo tenemos el derecho sino también el deber de teologizar desde aquí: América Latina.
El otro aspecto importante de la cita de Cox radica en que el lugar de la teología es, un “filo de navaja” donde el pueblo de Dios que es fiel al Evangelio, agarra las corrientes más rápidas de la época que le toma vivir. Y esto es decisivo: porque toda teología que ocurra en otro lugar que no sea el contexto en que se forja, ni siquiera merece el nombre de teología.
Finalmente, al definir cuál es la tarea de la teología, Cox nos dice que consiste en “iluminar la historia contemporánea, clarificar opciones cruciales, llamar al ser humano a ser mayordomo responsable del mundo y, finalmente, guiar, criticar y ahondar la profecía. Para el teólogo estadounidense, primero es la profecía y luego la teología. El profeta recibe el mensaje que Dios le ha dado (“Vino a mi Palabra del Señor diciendo”) y luego viene el teólogo para guiar, criticar y profundizar ese mensaje. Otra nota destacable: la teología debe ser crítica. No es una mera repetición de fórmulas dogmáticas, sino un reflexionar profundo y crítico de sus propios fundamentos y del mensaje que debe darse al mundo.
En estos últimos días, en que muchos líderes evangélicos de la Argentina se han pronunciado evaluando el primer año del pontificado de Francisco, sería bueno que se tuviera muy en cuenta el lugar de la teología como un ministerio de los muchos que el Señor ha dado a la Iglesia. Decimos esto porque hay muchos pastores que creen que pueden prescindir de la teología. El propio Francisco es jesuita y, como tal, tiene una muy sólida formación en teología, filosofía y ciencias sociales. Es hora de que la teología, en el sentido del teologizar deje de ser considerado por los líderes evangélicos como un mero entretenimiento o una teorización para quienes “les sobra el tiempo” o “no tienen otra cosa que hacer”. Sino que es algo necesario y crucial para la Iglesia y para el mundo. Y que, como hemos dicho hasta la sociedad, no hay práctica sin teoría, porque como bien señalaba H. Richard Niebuhr: “poner la soberanía de Dios en el primer lugar es hacer de la actividad obediente algo superior a la contemplación; sin embargo, es necesaria mucha teoría para la acción.”[2] Niebuhr nos está diciendo que si bien es cierto que, en apariencia, la actividad (praxis) aparece como algo superior a la teoría (contemplación) para la acción siempre es necesaria la teoría.

Alberto F. Roldán Schmarsow
Ramos Mejía, 23 de marzo de 2014



[1] El autor juega con la famosa expresión Sitz im Leben que se utiliza en el lenguaje bíblico para referirse al lugar donde surgió un texto con Sitz im Denken  =  “lugar del pensamiento” o “asiento del pensamiento”.
[2] The Kingdom of God in America, Hamden: The Shoe String Press, 1956, p. 20. Niebuhr vincula y contrasta la praxis (acción) con la teoría. Esa palabra, la usaban los griegos, por caso Aristóteles, (theorein) con el significado de “contemplación”. Esta explicación la consigno aquí, cosa que no puede hacer al citar el mismo concepto de Niebuhr en mi libro Reino, política y misión, Lima: Puma, 2011, p. 26. 

martes, 11 de febrero de 2014

¿La Iglesia evangélica crea pensamiento? Alberto F. Roldán






… una comunidad con escasa vinculación cultural con el ambiente y con un menguado aprecio por toda actividad intelectual. La teología juega en tal situación una función fundamentalmente apologética, por oposición a una crítica.
-José Míguez Bonino

Introducción
La pregunta que nos planteamos o que, mejor expresado, se nos ha planteado, es sumamente importante y decisiva. No es fácil dar una respuesta categórica y simple, primero, porque no hay una “Iglesia evangélica”, ya que la tan mentada “unidad de la Iglesia” siempre se da en diversidad, nunca en uniformidad.  En segundo lugar, porque al no existir un único modelo de Iglesia –lo cual debemos celebrar- hay iglesias que intentan elaborar pensamiento teológico a las diversas situaciones que se presentan y otras que no lo hacen. Debido a esos dos factores señalados, en este artículo nos referimos al espectro de iglesias evangélicas, es decir, aquellas que no tienen una vinculación directa con la Reforma Protestante y que, en algunos casos, no se reconocen como derivadas de esa Reforma.  Por supuesto, siempre hay excepciones a la regla, por eso nuestro enfoque es elaborado en términos muy generales.

1.     Tendencia antiintelectual
En primer lugar, hay una fuerte tendencia antiintelectual en esos ámbitos eclesiales. Abundan expresiones tales como: “el mucho estudio es fatiga de la carne”, “la letra mata, pero el Espíritu vivifica” que, además de manifestar una dudosa exégesis de los textos bíblicos, tienden a menospreciar el estudio de la Biblia y, por ende, también de la teología. Recuerdo el caso que me sucedió hace unos años y que puede ilustrar claramente esta tendencia. Fui con mi esposa a una iglesia del gran Buenos Aires a iniciar un curso sobre la vida de Jesús. En un momento dado, un joven me espetó: “¡Un momento! ¿cómo se va a estudiar la Biblia en este curso?”  Le respondí: “Como se hace con cualquier estudio, leyendo, reflexionando…” Casi no me dejó terminar, porque agregó: “¡Ah! Eso no es de Dios. Porque las cosas de Dios no se estudian con la mente sino con el espíritu.”  Intentando serenarme ante tanto “atropello a la razón” –diría Discépolo- le dije: “Debés saber que el comienzo de la experiencia cristiana es la “conversión”. Y la “conversión” de la cual habló Jesús en el Evangelio, en el griego es metanoia, que significa “cambio de mentalidad” y que San Pablo nos exhorta: “sean transformados mediante la renovación de su mente” (Romanos 12.2). De más está decir que este candidato no llegó a inscribirse en el curso porque, argumentó: “Yo hice todos los cursos con el pastor Roberto”. El caso ilustra, creo que de modo rotundo, la tendencia de evangélicos y evangélicas que creen que la mente humana pertenece al demonio y que solo nuestro espíritu es de Dios, siendo, a su vez, el único espacio donde actúa el Espíritu Santo. Se trata, en suma, de una “santificación de la ignorancia” como si fuera la aplicación de cierto teorema (que no es de Pitágoras) y reza así: “A mayor ignorancia, mayor acción del Espíritu Santo”.
2.     Desprecio hacia la teología, los teólogos y las teólogas
En segundo lugar, hay un manifiesto desprecio de la teología, de los teólogos y de las teólogas. En algunos casos, quienes así actúan, son líderes evangélicos que hablan desde la ignorancia, juzgando a quienes piensan la fe, como “mundanos”. Su amplio bagaje de ignorancia no les permite entablar un debate teológico serio, entonces, como “último recurso” o “golpes bajos”, apelan al argumento ad hominem, juzgando a quienes se dedican profesionalmente a la teología por su color de piel, su estatura y su fealdad.  Se trata de aspectos externos que, además de ser absolutamente subjetivos y relativos, implican una inocultable discriminación que no armoniza con el evangelio, con la praxis de Jesús ni con las tendencias pluralistas de las sociedades actuales que han realizado avances notables en contra  de todo tipo de discriminación por esos aspectos y otros.  Sería muy oportuno que tales líderes se tomaran el trabajo de leer algún texto de historia del cristianismo para informarse que la teología, aunque no es una palabra bíblica, pertenece a los comienzos de la Iglesia. Ya en el siglo II de la era cristiana  surgieron los primeros teólogos, entre los que cabe mencionar a Clemente y Orígenes de Alejandría en la vertiente griega y a Tertuliano, en la escuela latina. A este último esos mismos líderes, sin saberlo, lo están citando cuando hablan de la “trinidad”, de una sola “persona” y una misma “sustancia”. Esta tendencia al desprecio de la teología como oficio y a los teólogos y teólogas como personas que se dedican profesionalmente a ella, tiene razones históricas. En algunos casos, porque esos líderes proceden de iglesias que creen que pueden vivir sin teología. En otros, porque al ser superados por quienes han tomado en serio a la teología como herramienta para la Iglesia, en lugar de estudiar, el camino más fácil es desprestigiar.
Hace más de 40 años, José Míguez Bonino reflexionaba sobre este problema. Al referirse lo que le sucede al “candidato-a-teólogo”, dice:
Una serie de rasgos configura la actitud que el “candidato-a-teólogo” encuentra en su iglesia con respecto a la teología, sea que haya nacido (o se haya convertido) en una congregación de las iglesias libres (metodista, presbiteriana, bautista) o en una comunidad de inmigración (luterana, reformada, anglicana). El trasfondo es en ambos casos una comunidad con escasa vinculación cultural con el ambiente y en el primero con un menguado aprecio por toda actividad  intelectual. La teología juega en tal situación una función apologética, por oposición a una crítica.[1]
Podemos observar que la descripción que Míguez Bonino hace, excede el ámbito eclesial al que nos referimos en este artículo. Si tomamos como válida su descripción, el problema todavía es más grave de lo que pensamos porque se ve no sólo en el espectro evangelical sino también en las iglesias llamadas “históricas”. Más adelante, el teólogo metodista dice que para las iglesias “hacer teología es repetir.” Del candidato a teólogo se dice: “ya aprendió todo lo que necesita”. Por lo tanto no hay que estudiar más ya que: “la teología como sistema de respuestas se constituye en un universo autónomo, un mundo divino, acabado, final, perfectamente articulado internamente, pero incuestionable desde afuera, cerrado sobre sí mismo.”[2] Ese modo de comprender la teología está destinado a ser solo aceptado, pasivamente, por los miembros de la iglesia a la que corresponde pero no es útil para la sociedad y el mundo. Asistimos muchas veces a discursos eclesiásticos que representan un mundo, muchas veces medieval, que ya no existe. Se ignora que la teología responde a situaciones concretas y su articulación se hace en determinados contextos socioculturales que, como tales, están en permanente cambio. Esas teologías pueden seguir siendo vigentes intra muros de la Iglesia pero no son escuchados ni respetados fuera de esos ámbitos intraeclesiales.
         Pese al desprecio que ciertos líderes hacen de la teología, la necesitan siempre, de modo que copian ciertos discursos elaborados generalmente en Estados Unidos y que reflejan esa cultura. No responden a la situación social, política y cultural de América Latina. Tienen entonces dos alternativas: esforzarse, previo estudio, por elaborar una teología que responda a las situaciones o repetir los discursos que otros elaboran. Obviamente, es más fácil optar por la segunda alternativa, con sus consecuencias inevitables.
3.     ¿Qué hacer para cambiar?
Si el criterio de verdad es directamente proporcional a la cantidad de gente que sigue a un pastor o a una pastora, no hay necesidad de cambiar. Pero si entendemos que la verdad no es un asunto de mayorías, entonces es importante procurar un cambio. En todo caso, como siempre, el cambio debe surgir de los propios pastores y pastoras de las iglesias, que deben promover el estudio de la Biblia, la historia de la Iglesia, la hermenéutica, la teología bíblica sistemática, contemporánea, latinoamericana, etc. Si la Iglesia evangélica pretende elaborar un pensamiento que sea relevante para la sociedad y su problemática, no puede eludir esa diversidad de fuentes. Sólo una lectura superficial de la Biblia puede sostener lo contrario. A veces se ha apelado al apóstol Pablo para justificar la aversión a la filosofía. Recuérdese el pasaje de 1 Corintios donde dice: “Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría (sophía) humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen.” (1 Co. 1.21 NVI). Es cierto que aquí, Pablo establece una oposición entre sophía y locura y parece desprestigiar totalmente a la filosofía.[3] Sin embargo, esa sería una lectura parcial de los textos paulinos. En la misma epístola, dice: “hablamos sabiduría (sophía) entre los que han alcanzado madurez” (2.6). Y, en ocasiones, no tiene problemas en citar a los poetas griegos como en el famoso discurso en el Areópago de Atenas frente a los epicúreos y estoicos. O sea: si bien rechaza la sabiduría humana en su intento por conocer a Dios, la utiliza como herramienta para su discurso.
Conclusión:


         La misión de la Iglesia, inserta en la missio Dei, requiere hoy, como siempre ha sido, el manejo de las mejores herramientas a nuestro alcance. Como bien decía Paul Tillich en una predicación basada en 1 Corintios 3.18-19: “La cruz hace que Dios sea Dios. Y gracias a esta locura divina, nosotros logramos la sabiduría de usar lo que es nuestro, la sabiduría del mundo, la filosofía, incluso.”[4] Sólo la iglesia que tome en cuenta que para colaborar con la missio Dei en el mundo precisa de todas las herramientas del conocimiento podrá crear un pensamiento que no sólo sea escuchado dentro de las paredes de los templos sino también en los ámbitos culturales, sociales y políticos a los cuales está llamada a dar testimonio de Jesucristo.


Alberto F. Roldán. Doctor en teología por el Instituto Universitario Isedet. Máster en ciencias sociales (filosofía política), Universidad Nacional de Quilmes. Máster en educación, Universidad del Salvador. Pastor maestro de la Iglesia Presbiteriana San Andrés.
Ramos Mejía, 10 de enero de 2014



[1] José Míguez Bonino, “El camino del teólogo protestante latinoamericano”, Cuadernos de Marcha, Nro. 29, setiembre de 1969, p. 59
[2] Ibid. En el libro ¿Para qué sirve la teología? Una respuesta crítica con horizonte abierto, Buenos Aires: Fiet, 1999 (2da. Edición, Grand Rapids: Libros Desafío, 2011) me he ocupado de distinguir cuidadosamente entre “doctrina” y teología. La primera la define cada iglesia. La segunda es un ejercicio (teologizar) que implica una actividad intelectual seria y permanente, porque es reflexionar sobre la realidad, siempre cambiante, desde la fe y con las más variadas herramientas del conocimiento humano.
[3] Recordemos que en Metafísica Aristóteles se refiere a la Sophía con referencia a la Filo-sofía como “el estudio de las primeras causas y de los principios.” Obras completas de Aristóteles, II, Metafísica Libro I. p. 48, trad. Patricio de Azcárate, Buenos Aires: Bibliográfica Omeba, 1967, Aristóteles también indicaba que hay tres ciencias teóricas: la física, la matemática y la teología: “Pero la última que hemos nombrado supera a todas las ciencias teóricas.” Ibid., p. Libro XI. VII, pp. 278-279.
[4] Paul Tillich, El nuevo ser, trad. Damián Sánchez Bustamante Páez, Barcelona: Ariel, 1973, p. 137

martes, 21 de enero de 2014

La cruz de Cristo como locura divina según Paul Tillich









“La sabiduría de este mundo en todas sus formas no puede conocer a Dios, y el poder de este mundo con todos sus medios no puede alcanzar a Dios. Si lo intentan, dan lugar a la idolatría y se revelan en su íntima necedad, que es la necedad de la idolatría. Ningún ser finito puede alcanzar lo infinito sin que sea destruido como fue destruido en la cruz Aquel que representaba el mundo, su sabiduría y su poder. Tal es la locura y la debilidad de la cruz: que ella misma constituye la sabiduría última y la razón por cuya virtud Cristo no es otro portador de la sabiduría y el poder de este mudo, sino que Cristo es de Dios. La cruz hace que Cristo sea Dios. Y gracias a esta locura divina, nosotros logramos la sabiduría de usar lo que es nuestro, la sabiduría del mundo, la filosofía incluso. Si permanece inviolada, esta sabiduría del mundo nos domina. Pero si es violada, se hace nuestra. Y ‘violada’ no significa disminuida, emancipada o sojuzgada, sino que significa despojada de su pretensión ideológica.
            El coraje con que Pablo afirma todo cuanto se nos ha dado, su abertura al mundo, su señorío frente a la vida, tendrían que avergonzarnos a cada uno de nosotros lo mismo que a todas nuestras Iglesias. Porque nosotros tenemos miedo de aceptar lo que nos es dado, nos apartamos neuróticamente de nuestro mundo, intentamos rehuir la vida en lugar de nominarla. No nos comportamos como si todo fuese nuestro. Y las Iglesias hacen lo mismo e incluso menos que nosotros. La razón de tal conducta estriba en que ni nosotros ni nuestras Iglesias sabemos, como lo sabía Pablo, lo que significa ser de Cristo y, por ser de Cristo, ser de Dios.”


Párrafos finales del sermón de Paul Tillich, titulado “Todo es vuestro”, basado en 2 Corintios 1.19-20.  He transcripto estos conceptos del gran teólogo y filósofo luterano, porque me parece que explican muy bien lo que muchas veces no se entiende. Que si bien es cierto, mediante la sabiduría (sophía) el ser humano nunca alcanzará a conocer a Dios, eso no significa que no debemos vincularnos a esa sophia. Recordemos, de paso, que Aristóteles en su Metafísica se refiere justamente a la sophia (¡la misma palabra que usa Pablo!) en el sentido de filo-sophia. ¿Qué nos dice Tillich? Pues que si bien mediante su propia sabiduría el mundo no conoció a Dios, sí lo puede conocer mediante la cruz de Cristo y gracias a esa “locura divina” todo llega a ser nuestro, inclusive, la filosofía. No en el sentido de no reconocer su autonomía y su valor per se, sino en el sentido de poder usarla en nuestra reflexión teológica y, de ese modo, despojarla de su pretensión idolátrica. 

Fotos: cuadro de Salvador Dalí y rostro de Paul Tillich

sábado, 18 de enero de 2014

SER O NO SER – William Faulkner






En un cuarto extraño, para dormir, tienes que vaciarte. Y antes de vaciarte para dormir, ¿qué eres? Y cuando te vacías para dormir, no eres. Y cuando estás lleno de sueño, nunca fuiste. No sé lo que soy. No sé si soy yo o no lo soy. Jewel sabe que es, porque no sabe que él no sabe si es o no. No puede vaciarse para dormir porque no es lo que es y es lo que no es. Más allá de la pared oscura oigo la lluvia dar forma a la carreta que es la nuestra, a la carga que ya no es de los que la cortaron y serraron ni siquiera de los que la compraron y que tampoco es nuestra, aunque yace en nuestra carreta, puesto que sólo el viento y la lluvia le dan forma y sólo para Jewel y para mí, que no estamos dormidos. Y como el sueño es no ser y la lluvia y el viento son fue, la carreta no es. Sin embargo, la carreta es, porque cuando la carreta es fue. Addie Bundren no será. Y Jewel es, con que Addie Bundren tiene que ser. Entonces yo tengo que ser, o no podría vaciarme a mí mismo para dormir en un cuarto extraño. Y así si yo todavía no estoy vacío, es que soy.


Párrafo de la novela de William Faulkner, “Mientras agonizo”, llevada a la pantalla grande por James Franco y filmada en los escenarios donde transcurre la novela: Mississippi. 

miércoles, 15 de enero de 2014

Oración de un desocupado – Juan Gelman







Padre, desde los cielos bájate,
he olvidado las oraciones que me enseñó la abuela;
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido.

Te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma
mírame el corazón,
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo
y voy a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello,
porque no puedo más, tengo riñones
y soy un hombre,
bájate, ¿qué han hecho
de tu criatura, Padre?
¿un animal furioso
que mastica la piedra de la calle?

Juan Gelman, poeta argentino, fallecido ayer, 14 de enero de 2014 en México DF, donde vivía desde 1976, donde tuvo que radicarse a raíz de la dictadura militar que asoló la Argentina desde ese año. Uno de los más grandes poetas de nuestra lengua castellana, Premio Cervantes en el año 2008. Esta poesía: "Oración de un desocupado" es la primera que leí de su pluma e incluí en mi libro SEÑOR TOTAL, Buenos Aires: Publicaciones Alianza, 1998. 


lunes, 6 de enero de 2014

EL CAMINO DEL TEÓLOGO PROTESTANTE LATINOAMERICANO - José Míguez Bonino







            ¿Qué ocurre cuando un teólogo protestante formado en la teología occidental tradicional comienza a reflexionar y teologizar en la situación concreta de un continente como América Latina, con todas las tendencias revolucionarias y los problemas económicos que existen en los países subdesarrollados? A fin de evitar la artificial superimposición de un esquema teórico al proceso concreto, comenzaremos nuestra reflexión sobre esta pregunta a partir del itinerario habitual de un “candidato a-teólogo” en el protestantismo latinoamericano, para analizar luego las opciones que se le presentan e intentar finalmente una breve síntesis programática.
I.                   El itinerario del “candidato-a-teólogo”: el nacimiento de la conciencia crítica
Una serie de rasgos configura la actitud que el “candidato-a-teólogo” encuentra en su iglesia con respecto a la teología, sea que haya nacido (o se haya convertido) en una congregación de las iglesias libres (metodista, presbiteriana, bautista) o en una comunidad de inmigración (luterana, reformada, anglicana). El trasfondo es en ambos casos una comunidad con escasa vinculación cultural con el ambiente y en el primero con un menguado aprecio por toda actividad intelectual. La teología juega en tal situación una función fundamentalmente apologética, por oposición a una crítica. (…) Así concebida, la teología consiste en un depósito de respuestas, no en una tarea de búsqueda: el ideal del teólogo es dominar el arsenal de respuestas a fin de utilizarlo eficazmente para aquietar dudas o silenciar adversarios. La herencia de fundamentalismo y la ortodoxia protestante se une a la actitud defensiva de una minoría religiosa para fortalecer esta concepción.
            Hacer teología es repetir: se puede acumular material tras las respuestas dadas –erudición- pero fundamentalmente no hay nada nuevo que hacer. Por eso la comunidad protestante no ve razón para que sus pastores continúen el estudio teológico más allá de la preparación del seminario: “ya aprendió todo lo que necesita”. Dos consecuencias se siguen: Por una parte, la teología como sistema de respuestas se constituye en un universo autónomo, un mundo divino, acabado, final, perfectamente articulado internamente, pero incuestionable desde afuera, cerrado sobre sí mismo. Por otra parte, el uso de la Biblia –elemento fundamental al protestantismo misionero latinoamericano- se agota (en el plano teológico) en el descubrimiento y compaginación de dicta probantia, textos aislados que hallan (sic)  su coherencia en un esquema teológico pero que escapan a toda inserción histórica, sea en la propia historia bíblica o en la contemporánea. (…)
            En segundo lugar, su conciencia está marcada por la dicotomía entre su pertenencia a la comunidad de fe y a la comunidad nacional, por la percepción de estos dos ámbitos como mutuamente ajenos (e incluso antagónicos). Cuando el quehacer intelectual se le presenta como una actividad e incluso una forma de vida relevante a ambos ámbitos, no podrá menos que sentir en crisis su ubicación en la comunidad eclesiástica. Ambas formas de conflicto crearán un sentimiento de incomodidad, si no de culpa: sentirse ante la acusación externa e interna de ser estéril (“intelectual”) y claudicante (“sabiduría mundana”).
            La crisis latente se agudiza y manifiesta en el seminario. Asumiremos para nuestra descripción la institución de enseñanza teológica de nivel universitario, más o menos liberal en su actitud, con un cuerpo docente extranjero o formado teológicamente en el extranjero, al día con las discusiones teológicas contemporáneas. (La otra alternativa es el “instituto bíblico”, pero éste difícilmente forma teólogos en el sentido en que empleamos el término aquí, sino que tiende a confirmar la concepción de la teología que hemos descrito en los párrafos anteriores). (…)
            La crisis se hace así a la vez vocacional y personal. Se hizo estudiante de teología para actuar en la comunidad eclesiástica. Pero ésta lo apreciará como ministro sólo en la medida en que logre poner entre paréntesis la nueva relación con su propia fe, con la Biblia, con la iglesia y con el mundo que ha adquirido en los estudios teológicos. (…)
            Este proceso que hemos descrito nos confronta al menos con tres realidades: 1) el doloroso predicamento del teólogo que a lo largo de su itinerario ha hallado una nueva dimensión de sí mismo, ha descubierto una vocación intelectual que se ha re-encontrado con su comunidad natural humana, pero se siente escindido de su raíz religiosa y de su comunidad eclesiástica, espiritualmente incierto y sin hogar. 2) Una comunidad eclesiástica perpleja, cuyos teólogos se le tornan tanto más incomprensibles e irrelevantes cuanto más preparados y capaces. 3) Una teología interiormente en conflicto: poseída de temas y modelos ajenos a la vida cristiana de la comunidad religiosa a la que debe servir en cuanto es crítica y científica, y ajena de rigor intelectual y crítico en cuanto participa de la vida eclesiástica. (…)
Extracto de artículo de José Míguez Bonino, “El camino del teólogo protestante latinoamericano”, Cuadernos de Marcha, Nro. 29, Montevideo: Marcha, setiembre de 1969.

Este artículo lo leíamos los estudiantes del curso de "Teología latinoamericana" que dictaba en 1978 el Dr. Emilio Antonio Núñez, en el Seteca. A pesar del mucho tiempo transcurrido desde que el teólogo metodista argentino lo escribiera, nos parece importante reinsertarlo como material de discusión, para preguntarnos hasta qué punto estas agudas reflexiones son todavía una realidad en la vida de los teólogos y las teólogas de América Latina hoy, en pleno siglo XXI.
Alberto F. Roldán, coautor con David A. Roldán, del libro: José Míguez Bonino: una teología encarnada, Buenos Aires: Sagepe, 2013.

Ramos Mejía, 6 de enero de 2014

martes, 31 de diciembre de 2013

Cuerpo y memoria - Alberto F. Roldán






Al llegar al último día del año 2013, seguramente se nos agolpan en la mente recuerdos imborrables tanto de experiencias negativas como positivas. “El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos” dice el poeta latinoamericano. Y es cierto. El tiempo, esa realidad inasible de la cual San Agustín decía: “Si nadie me pregunta lo entiendo pero deja de entender cuando alguien me pregunta” va dejando sus huellas en nuestro cuerpo.
Es que hay una relación inextricable entre tiempo y cuerpo. Dice Paul Ricoeur: “la memoria corporal está poblada de recuerdos afectados de diferentes grados de distanciación temporal: la misma magnitud del lapso pasado puede ser percibida, sentida, como añoranza, como nostalgia.”[1]
Con mayor o menor volumen de añoranza o de nostalgia del tiempo pasado, nos acercamos, indefectiblemente, el Nuevo Año. Llevamos en nuestros cuerpos esos recuerdos. El cuerpo, la “carne”, es tan esencial para los recuerdos que, en lenguaje insuperable, en su novela Palmeras Salvajes dice William Faulkner:
“No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría en qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.”[2]
Nuestro cuerpo es el receptáculo de la memoria. Si no tuviéramos cuerpo, la memoria no tendría sitio donde residir. Al final de un año nuestro cuerpo está más viejo. Y hemos de resolver, en medio de las angustias, zozobras y fracasos, ser o no ser. La carne, la vieja carne al fin, es necesaria. Desde la perspectiva de la fe, San Pablo dice:
“Es por esto que nunca nos damos por vencidos. Aunque nuestro cuerpo está muriéndose, nuestro espíritu va renovándose cada día. Pues nuestras dificultades actuales son pequeñas y no durarán mucho tiempo. Sin embargo, ¡nos producen una gloria que durará para siempre y que es de mucho más peso que las dificultades!”[3]
Al llegar al Nuevo Año optemos por la vida, por ser, aunque la carne “la vieja carne al fin” sienta su desgaste. Hay un ser interior que se renueva y que tiene como esperanza el venidero Reino de Dios.

Alberto F. Roldán
Ramos Mejía, 31 de diciembre de 2013




[1] Paul Ricoeur, La memoria, la historia y el olvido, trad. Agustín Neira, Buenos Aires: FCE, 2000, p. 62
[2] William Faulkner, Palmeras salvajes, trad. Jorge Luis Borges, Buenos Aires: Sudamericana, 1981, p. 306

[3] 2 Corintios 4.16, 17 NTV.