domingo, 27 de octubre de 2013

El Padre nuestro de pan




  
   Padre nuestro, padre ambiguo
de los milagros eternos
que admiramos los modernos
por tu gran prestigio antiguo.
   Si junto a la fuente pasa
la ninfa, hay en su blancura
lo que inspira, lo que dura,
lo que aroma y lo que abrasa.
   Pues al ver la viva flor,
o la estatua que se mueve,
hecha de rosa o de nieve,
nos toma el alma el amor.
   Pan nuestro que estás en la tierra,
porque el universo se asombre,
glorificado sea tu nombre
por todo lo que en él encierra.
   Vuélvanos tu reino de fiesta
en que tú aparezcas y cantes
con los tropeles de bacantes
maravillando la floresta.
   Hunde, siempre violento y vivo,
y por tus ímpetus agrestes,
en el cielo cuernos celestes
y  en la tierra patas de chivo.
  Danos ritmo, medida y pauta
al amor de tu melodía,
y que haya, al amor de tu flauta,
amor nuestro de cada día.
   Deudas que el alma amando trunca
están en tu disposición,
y no le concedas perdón
a aquel que no haya amado nunca.


Rubén Darío, poeta nicaragüense, representante del modernismo en la literatura castellana. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

LA PESADILLA HITLER: HISTORIA Y FICCIÓN - Alberto F. Roldán






Dos hechos, uno desde la historia y otro desde la ficción, convergen en estos días en la Argentina. Uno, es la muerte del genocida Erich Priebke, hecho ocurrido en Roma, al cumplir los cien años de vida. En su foja de servicios, figura la matanza de más de trescientos niños y adultos en las Fosas Ardeatinas, asistiendo a Herbert Kapler. En 1946 Priebke huyó a la Argentina con documentos falsos que obtuvo en Roma. Estuvo poco tiempo en Buenos Aires, porque luego se radicó por muchos años en San Carlos de Bariloche. Recién fue descubierto en 1994. Italia pidió su extradición, a la cual accedió el gobierno argentino en 1995.
Ahora que Priebke ha muerto, la estela de mal que deja su figura -“la banalidad del mal” diría Hannah Arendt en célebre y enigmática expresión- es de tal magnitud que nadie quiere sus restos mortales. El gobierno argentino ha rechazado toda posibilidad de que sea enterrado en Bariloche junto a la tumba de su mujer. Una nota periodística de hoy dice que “el criminal nazi Erich Priebke, cuyo funeral fue anulado por disturbios y protestas, se convirtió este miércoles en un cadáver incómodo para Italia, que debate sobre qué hacer con sus restos mortales.” Como puede percibirse, un criminal de esta calaña no puede descansar en paz.
Por otro lado, hace unas semanas se estrenó en la Argentina la película Wakolda, que narra la vida de otro nazi célebre: Josef Menguele. El film, dirigido por Lucía Puenzo, basado en la novela homónima de su propia autoría, narra la presencia del famoso médico nazi en Bariloche. Escenificada en los años 1960, el centro de la narrativa es una familia protagonizada por Natalia Oreiro y Diego Peretti, que tiene una niña de unos doce años con problemas de crecimiento. Menguele –encarnado por el actor Alex Brendemühl- se gana el favor de la niña para hacer experimentos en ella tendientes a favorecer su crecimiento. Finalmente Menguele es descubierto pero logra escapar con pasaporte falso. El llamado “ángel de la muerte” fue famoso por sus experimentos en seres humanos a los cuales, inclusive, les sacaba los ojos. Se cuenta que cuando los trenes llegaban con judíos hacia el campo de concentración de Auschwitz, él los aguardaba en el andén para seleccionar a los que consideraba “los más aptos”. A todas luces, quería comprobar, fácticamente, aquello de la  “raza superior aria” tesis central del nazismo.
Como podemos observar, tanto desde la historia como hecho real –la muerte de Priebke- como desde la ficción, la película Wakolda, el nazismo siempre está presente en la memoria. Se trata de la pesadilla Hitler, cuya presencia nefasta no podemos olvidar ni eludir. Y está bien. Debe ser así. Porque, como dice León Giecco:
“Todo está guardado en la memoria,
Sueño de la vida y de la historia.”
Por eso: bienvenidas sean las ficciones que nos permiten rememorar la historia. Porque ante la pesadilla Hitler, sólo nos cabe mantener una memoria colectiva viva y alerta para que nunca más se repita en el presente y el futuro de la humanidad.


Doctor en teología. Máster en ciencias sociales y máster en educación. Director de Teología y cultura: www.teologos.com.ar

jueves, 3 de octubre de 2013

Hans Küng: teólogo de la Iglesia de Cristo



Hay personalidades que, por su trayectoria, ya no pueden considerarse sólo de un espectro eclesial determinado. En la historia de la Iglesia podemos ilustrar el caso con San Agustín. Obviamente, perteneciente al catolicismo romano pero ¿quién dudaría de la influencia que también ejerció en el Protestantismo? Hasta podríamos decir que Agustín influye más decisivamente en ese ámbito, a partir de Lutero y de Calvino, padres de la Reforma, que fueron consumados agustinianos en su teología.
El caso que nos ocupa ahora es Hans Küng. Padece de Parkinson, está por quedar ciego y solicita una muerte asistida. Admiro a Hans Küng. Leí su temprana obra La Iglesia, en los lejanos años 1960. Una obra decisiva en la que, mediante exégesis y riguroso pensamiento teológico, llega a posiciones muy afines al protestantismo, por ejemplo, en el caso de la Cena del Señor que define como memorial.
Küng fue un gran admirador y amigo de Karl Barth, suizo como él. Su tesis doctoral se titula: La justificación según Karl Barth, trad. Francisco Salvá Miguel, Barcelona: Estela, 1967. Entiende que el planteo de Barth implica una pregunta incisiva para el catolicismo. Dice:
“El único problema, que siempre se repite: ¿la doctrina católica de la justificación considera seriamente la justificación como acto soberano de la gracia de Dios? El más profundo deseo de Karl Barth, que ha sido la fuerza motriz de toda su evolución desde el liberalismo, pasando por el exsitencialismo, hasta la Kirchliche Dogmatik, su – como von Balthasar lo llamaba- devorante celo por Dios, ha quedado también como el deseo decisivo de su doctrina sobre la justificación. ¡El soli Deo gloria!” (p. 91).
Sobre la idea de la gracia en Barth, Küng entiende que hay diferencias aunque finalmente la gracia es una sola. Explica:
“Barth desconoce el sentido de las divisiones católicas de la gracia: éstas no deben plantear como problema la unidad de la gracia, como si toda la gracia nos fuera dada en el solo Jesucristo, pero pretenden sólo mostrar el efecto inmenso y plural del acto de soberanía de Dios. La gracia es una, pero actúa en el hombre, que es un ser complejo; y en la medida en que es de esta manera, tienen un sentido las diferencias.” (p. 207).
Estos botones de muestra, indican la influencia que Barth ejerció en la teología de Küng. Sus aportes a continuarían con temas urticantes como el de su libro ¿Infalible? publicado sin las debidas autorizaciones y en el que pone en cuestionamiento la infalibilidad papal. Su pensamiento crítico hacia ciertas posiciones del catolicismo romano provocó que fuera silenciado oficialmente por Juan Pablo II a instancias del entonces cardenal Joseph Ratzinger. Sería una medida reivindicatoria que el papa Francisco levantara ahora esa sanción. 
En los últimos años, Küng desarrolló un programa de investigación sobre las grandes religiones del mundo: judaísmo, Islam y cristianismo, postulando que sólo habrá paz en el mundo cuando haya paz entre las religiones.
Ahora, que Hans Küng se está despidiendo de este mundo, dado su delicado estado de salud, es oportuno reivindicarlo no sólo como teólogo católico romano sino como un pensador que ha servido a la Iglesia de Cristo, sin distinciones y, por medio de ella, también a la sociedad y la cultura.

Alberto F. Roldán

Buenos Aires, 3 de octubre de 2013

domingo, 15 de septiembre de 2013

Alberto Roldán "retrata" a José Míguez Bonino, por Leopodo Cervantes-Ortiz


'Teología encarnada’ de Míguez Bonino según los Roldán (II)

 “¿Es posible una ética político-cristiana que sea operativa en la esfera pública? […] ¿Cómo puede el cristianismo responder a las nuevas prácticas y concepciones de la vida política en el mundo moderno?” Alberto Roldán ‘retrata’ a Míguez Bonino
07 DE SEPTIEMBRE DE 2013
 
El temple y la seriedad teológica de este libro, hay que decirlo, exige al lector que no sólo se interese por el autor estudiado sino que verdaderamente advierta la importancia del mismo.

Y eso lo hace sin insistir todo el tiempo en ello, puesto que más bien los autores demuestran que aprendieron bien la lección de su maestro a la hora de emprender la tarea de evaluar una labor teológica tan consecuente. De esta manera,
los Roldán consiguen varias cosas al mismo tiempo: un retrato fiel de Míguez Bonino, considerando incluso aspectos autobiográficos, un resumen de las líneas dominantes de su pensamiento y, también, una proyección sobre la manera en que el autor de  Espacio para ser hombres  seguirá vigente en el ámbito latinoamericano, y no únicamente protestante.

Alberto, que es quien sintetiza la vida de Míguez, no se apoltrona en la contemplación de la personalidad de su admirado profesor y completa el impulso de relacionar la biografía con los frutos de ese trabajo teológico. Luego de presentar los aspectos biográficos acomete el análisis de los “ejes centrales” de esta teología y apunta sobre sus fuentes:

 Míguez Bonino apela no sólo al testimonio de las Escrituras, sino también a la tradición patrística, medieval, moderna y contemporánea sin dejar de tomar en cuenta lo mejor de la filosofía y la sociología para cada tema en cuestión. Fiel discípulo de Karl Barth (aunque no haya estudiado con él) se puede ver a Míguez Bonino con una Biblia en una mano y el diario en la otra. Sus exposiciones tienen siempre un tono pastoral y denotan un enorme esfuerzo por pensar la fe para cada momento de la historia. (p. 35)
Y en ese tono se mueve todo el tiempo al explorar los temas preponderantes de Míguez. El Reino de Dios, como paradigma central, “apareció recurrentemente en sus textos”, señala, y advierte que “la principal fuente para entender” lo que significó para él dicho tema es una ponencia presentada en diciembre de 1972, en la que Míguez buscó, según sus propias palabras, y en una época en que aún no se clarificaban bien sus coordenadas, “entender la presencia activa del reino en nuestra historia de tal modo que podamos adecuar a ella nuestro testimonio y acción”.

No era usual semejante valentía conceptual dentro del protestantismo latinoamericano, sobre todo a la hora de clarificar posturas ideológicas y espirituales ante las nuevas exigencias que se presentaron coyunturalmente a las comunidades. Tal realidad escatológica debía presidir absolutamente todo lo que hicieran las iglesias, aunque si bien, Míguez reconoció que el kairós no llegó a la manera en que se esperaba, las exigencias siguieron y siguen vigentes.

La Trinidad como criterio hermenéutico fue otro de los jalones metodológicos que presidieron el trabajo de Míguez, pues pudo distinguir enfáticamente la diferencia entre la creencia eclesial de la Trinidad divina y la “realidad ontológica y económica” de las personas trinitarias en la historia(p. 43).

Algo similar sucede con su visión sobre la iglesia y la unidad para la misión, un tema que lo apasionó y sobre el que también escribió páginas memorables.

A. Roldán comienza su análisis desde la manera en que Míguez evaluó el Concilio Vaticano II al participar en él como único observador protestante latinoamericano. Las preguntas incisivas que lanzó al concilio mismo en marcha y a sus resoluciones son una muestra más de su capacidad para concentrar problemáticas teológicas de gran alcance. Una de ellas, fuertemente crítica sobre el espíritu y la disposición renovadora del concilio, la cita Roldán  in extenso:  “Es posible cumplir tal programa sin tocar la rigidez formalista de cierta teología de escuela, sin modificar la despersonalización objetivista de una concepción puramente jurídica de la Iglesia sin conmover el control paralizante de la centralización curial, sin abrir la mentalidad antimoderna del clericalismo —para limitarnos sólo a las cosas más evidentes y superficiales? (p. 48). Con este mismo ímpetu se acerca a otras obras de Míguez en donde afloró su preocupación por el impacto de la unidad en la misión de la iglesia, como  Integración humana y unidad cristiana  (1969). En este sentido, su posición fue contundente: “Una Iglesia dividida en un mundo que busca la unidad es el más trágico contrasentido que pueda imaginarse” (p. 51). Más bien, la Iglesia ofrece un paradigma de unidad humana y debe ser un camino abierto “a la comunidad humana universal” (p. 52).

La ética política cristiana es el último gran tema que desarrolla A. Roldán con especial soltura, pues la atención prestada a este tópico tan controversial vuelve a manifestar cómo Míguez fue un pionero y practicante de las ideas que consolidó en sus textos.

Desde 1964, esbozó la idea de los “Fundamentos de la responsabilidad social de la Iglesia”, como se decía entonces. Un título muy parecido tenía un texto preparado para la primera reunión del movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina (Lima, 1961) y que apareció aumentado en un libro colectivo es el testimonio de esta tendencia. A partir de los cuatro modelos que analiza allí intenta aplicar algunos principios para reformular dicha responsabilidad en términos bíblicos y cristológicos. Ellos son: la actuación de Dios en la historia para “crear una comunidad solidaria y responsable”, la creación divina de “un ser humano maduro, responsable y libre” y la operación de la encarnación en el mundo. No obstante lo cual, la falibilidad y precariedad de las decisiones eclesiales y de los creyentes por separado, obstaculiza en ocasiones la consecución de los planes divinos.

A. Roldán traza el desarrollo cronológico de esta temática en los libros de Míguez: desde
 Christians and marxists  (1976) hasta  Poder del Evangelio y poder político  (1999), pasando  La fe en busca de eficacia  (1977) y  Toward a Christian political ethics  (1983). El primero de ellos fue resultado de unas conferencias expuestas en 1974, en Londres, gracias a la invitación de John Stott y Langham Trust. En todos ellos, Míguez habla como un cristiano comprometido con su tiempo que abre los ojos a la realidad y desea dialogar con las corrientes que dieron cauce a profundas transformaciones sociales, como el marxismo, pero sin abandonar jamás el horizonte evangélico. Las alianzas estratégicas, decía, no deberían ahogar la aportación específicamente cristiana al cambio social. De ahí sus nuevas y acuciantes preguntas en el libro de 1983: “¿Es posible una ética político-cristiana que sea operativa en la esfera pública? […] ¿Cómo puede el cristianismo responder a las nuevas prácticas y concepciones de la vida política en el mundo moderno?” (pp. 67-68).

Nunca abandonaría, al calor de estas preocupaciones urgentes, el sentido evangélico de la justicia, pues su teología que siempre buscó encarnar el Evangelio ante las realidades humanas más sentidas, quiso ser eso precisamente, una encarnación de su impacto para beneficio de las personas.

Para eso, concluye A. Roldán, fue y es preciso que se encarnaran el Logos, la Iglesia y la propia teología mediante procesos muchas veces dolorosos, pero ineludibles. Es un búsqueda de pertinencia y eficacia a como dé lugar.

Esta cita de Míguez sobre la comunidad cristiana, procedente del citado texto de 1964 (hace casi 50 años), bien puede servir para confirmar el análisis:

 […] ni la Iglesia como comunidad, y menos aún el cristiano individualmente son infalibles. Muy por el contrario, todas ellas están infiltradas de la precariedad y el error de todas las decisiones humanas. Pero no por ello estamos justificados en eludirlas o postergarlas. Jesucristo, el Señor, no interrumpe su acción en el mundo. El testigo de Jesucristo no puede demorar la suya, que no es, en suma, sino el esfuerzo atrevido de la fe por estar en cada momento con su Señor allí afuera, donde Él libra sus batallas en medio de las vicisitudes de la historia humana. (pp. 77-78)

©Protestante Digital 2013

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martes, 3 de septiembre de 2013

El Apocalipsis en arresto domiciliario- Carlos Monsiváis







Bienaventurado el que lee, y más bienaventurado el que no se estremece ante la cimitarra de la economía, que veda el acceso al dudoso paraíso de libros y revistas, en estos años de ira, de monstruos que ascienden desde el mar, de blasfemias que descienden para cercenar el tartamudeo, y de dragones a quienes seres caritativos filman y graban el día entero para que nadie se llame a pánico y se les considere criaturas mecánicas y no anticipos del feroz exterminio.
Y digo lo que miré el primer día del milenio tercero de nuestra era. El que tiene oíd, oiga, y el que no se ahogue en lascivias, en concupiscencias en embriagueces, en glotonerías, en banquetes, y en otros abominables placeres deleitosos.
Y vi una puerta abierta, y entré, y escuché sonidos arcangélicos, como los que manaron del sínodo muzak el día del anuncio del Juicio Final, y vi la ciudad de México (que ya llegaba por un costado a Guadalajara, y por otro a Oaxaca) y no estaba alumbrada de gloria y de pavor, y sí era distinta desde luego, más populosa, con legiones columpiándose en el abismo de cada metro cuadrado, y video-clips que exhortaban a las parejas a la bendición demográfica de la esterilidad y al edén de los unigénitos, y un litro de agua costaba mil dólares, y se pagaba por meter la cabeza unos segundos en un estanque de oxígeno, y en las puertas de las estaciones del Metro se elegía por sorteo a quienes sí habrían de viajar (“No más de quince millones de personas por jornada”, decía uno de tantos letreros que son el cáliz de los incontinentes).
Y había retratos de la Bestia y de la Ramera, y el número era 666, pero comprendí que no estaban allí para espantar, sino con tal de promover series especiales (“Salude el día con sonrisa milenarista”), y busqué en vano las señales, los arcos celestes, los tronos que emitían relámpagos, los mares de vidrio, los animales tan poblados de ojos que parecían una sala de monitores, los libros de siete sellos… Sólo encontré los signos de plagas, muerte, llanto y hambre, pero no eran muy distintos a los anteriores, a los por mí vividos, más temibles porque recaían sobre más gente, pero hasta allí. Y había más protestas y más promesas, territorios liberados y territorios ocupados, más hartazgo y más resignación, pero hasta allí. Y a las frases cínicas las interrumpían las confesiones desgarradas, y las carcajadas obscenas se volvían sonrisitas tímidas, pero hasta allí.
Y me alarmé y pregunté: ¿qué ha sucedido, con profecías y prospectivas? ¿Dónde almacenáis el lloro y el crujir de dientes, y los leones con voz de trueno que esparcen víctimas como si fueran volantes, y el sol negro como un saco de cilio, y la luna toda como sangre, y las estrellas caídas sobre la tierra? ¿Dónde se encuentran? ¡No pretendáis escamotearme el apocalipsis, he venido en valle de sombra de agonía aguardando la revancha suprema de los justos, hice minuciosamente el bien con tal de ver a los fazedores del mal reprendidos a fuerza de fuego y tridentes y cesación del rostro de Dios!
Y quienes me oyeron, porque de oídos no carecían, se extrañaron de mi amarga verbosidad. Y doce ancianos, ya próximos todos a los treinta años de edad, debatieron entre sí, y uno se acercó y con voz de trueno que murmura me advirtió: “¡Hombre de demasiada fe! ¿Qué aguardas que no hayas ya vivido? La esencia de los vaticinios es la consolación por el fraude: el envío de los problemas del momento a la tierra sin fondo del tiempo distante. Observa sin aspavientos el futuro: es tu presente sin intermediaciones del autoengaño.” – ¡Pero eso no es posible!, grité. Si el gran mérito de las épocas que vienen es su falta de misericordia. Gracias a eso uno se consuela de no habitar en ellas, y se despreocupa por el promedio de vida en la Edad del Ozono Sepulturero.
-Has descrito sin proponértelo otra estrategia de la piedad de Dios que ni empieza ni acaba –me respondió el patriarca de la tribu que bien podría tener treinta y dos años-. Los mortales se sublevarían de no creer en su trasfondo que lo venidero es siempre peor, y tal vez lo sea, pero quien alcanza a lo que veía como el lejano porvenir, entiende que no es el más terrible, porque él sigue vivo, y lo intolerable es lo próximo, cuando él dejará de estarlo. Y así hasta la decapitación de los tiempos.
Y en ese instante vi al apocalipsis cara a cara. Y comprendí que el santo temor al Juicio Final radica en la intuición demoníaca: uno ya no estará para presenciarlo. Y vi de reojo a la Bestia con siete cabezas y diez cuernos, y entre sus cuernos diez diademas, y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia. Y la gente le aplaudía y le tomaba fotos y videos, y grababa sus declaraciones exclusivas, mientras, con claridad que había de tornarse bruma dolora, llega a mí el conocimiento postrero: la pesadilla más atroz es la que no excluye definitivamente.

De Carlos Monsiváis: Los rituales del caos.
Ilustraciones: El Juicio Final, por Miguel Ángel y foto de Carlos Monsiváis.

Dedicado a mi gran amigo, el poeta y teólogo mexicano Leopoldo Cervantes-Ortiz, autor de Identidad, literatura y cultura: una antología particular (2012), donde recopila varios textos del gran escritor y ensayista mexicano, que nunca ocultó su origen protestante y, más precisamente, metodista y que fue un tenaz luchador por la igualdad en todos los órdenes. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

La "teología encarnada" de Míguez Bonino - Por Leopoldo Cervantes-Ortiz

Domingo 01 DE SEPTIEMBRE
SUPLEMENTO DOMINICAL DE PROTESTANTE DIGITAL
·     

‘Teología encarnada’ de Míguez Bonino según los Roldán (I)

Los Roldán emprendieron con conocimiento de causa este empeño, pues ambos fueron sus discípulos directos en el Isedet. 
31 DE AGOSTO DE 2013
 
A un año justo de la muerte del eminente teólogo metodista argentino, Alberto F. y David Roldán han publicado un libro que rinde homenaje y analiza su obra, José Míguez Bonino: una teología encarnada (Buenos Aires, Sagepe Editores).

Nunca más pertinente un volumen como éste que, de manera breve y concisa, pero con singular entusiasmo y pasión, resume en líneas muy firmes la trayectoria intelectual y espiritual de uno de los pensadores protestantes más reconocidos, quien también participó en la defensa de los derechos humanos en los años más difíciles de la dictadura militares en su país y, después, en la Asamblea Constituyente que redactó una nueva Constitución, además de desarrollar una fecunda labor dentro del movimiento ecuménico, que lo llevó a ser uno de los presidentes del Consejo Mundial de Iglesias y el único representante protestante en el Concilio Vaticano II, sin olvidar su intensa carrera como pastor y profesor en el ahora Instituto Universitario Isedet.

Ha sido muy fuerte la tentación de tomar fragmentos o citas de la muy dilatada obra de Míguez Bonino para presidir este texto, pero dada la importancia del volumen que nos ocupa, nos concentraremos en él, aunque sin dejar de mencionar que en estos días comenzamos un curso introductorio a la teología del autor de
 La fe en busca de eficacia,  acaso su libro más recordado y difundido.

Los Roldán emprendieron con conocimiento de causa este empeño, pues ambos fueron sus discípulos directos en el Isedet, lo que hace de sus textos una introducción sumamente confiable para quienes se acerquen por primera vez (o no) al autor en cuestión.

La curiosa circunstancia de que padre e hijo, como en este caso, trabajaran juntos o se dedicasen a la misma disciplina, no es tan extraña como parecería, pues en el ambiente evangélico latinoamericano hay varios ejemplos: Sergio y Reinerio Arce, Adolfo y Carlos E. Ham (en Cuba), Benjamín y Nancy Bedford (en Argentina), José David Rodríguez I y II (Puerto Rico), además de Raquel, y el propio Míguez Bonino y su hijo Néstor. Eso habla de la manera eficaz en que los primeramente mencionados supieron despertar el interés por continuar en los caminos de la reflexión teológica.

Alberto F. es autor de varios libros, los más recientes,
 Reino, política y misión  y  Te busca y te nombra. Dios en la narrativa argentina  (los dos de 2011). David ha dado a conocer en estos días  Teología contemporánea de la misión. Reflexión crítica,  su primera producción.

El prólogo del profesor Osvaldo L. Mottesi ubica, cronológica y emocionalmente, el contexto del que surgió la escritura del libro, [i]  pues describe los aspectos básicos que los lectores/as encontrarán en los dos documentos recogidos por los autores.

Mottesi destaca el carácter “preguntón” y el “wesleyanismo radical” de Míguez Bonino, y lo define como un teólogo “orgánico” y “contextual”, con justa razón. Da sus razones enfáticamente y suscribe plenamente lo que ambos Roldán expresan. Sobre la vida del teólogo estudiado, dice que “se resume y expresa con nitidez meridiana” en el citado título: “La fe en busca de eficacia”. Agrega que, en su trato personal con Míguez, pudo constatar su “estilo trinitario”, esto es, la conjugación de humildad, humanidad y amor que practicaba.

Mottesi concuerda con las conclusiones de A. Roldán sobre el método y la producción teológica de Míguez, tomando como base sus observaciones en el Concilio Vaticano II:

 Otro aspecto característico de la teología de José Míguez Bonino es su naturaleza interrogativa antes que asertiva. En muchos de sus artículos y libros abunda en interrogaciones, en indagaciones. Como en el caso de Concilio abierto, cuyo contenido, en gran parte está constituido por preguntas que formula sobre el Concilio Vaticano II. Este evento le suscita preguntas conducentes a intentar definir en qué consistió dicho Concilio, qué nuevas perspectivas abre a la Iglesia católica romana y qué desafíos implica para los evangélicos. En este sentido, se puede decir que José Míguez Bonino es molesto como un tábano que cuestiona y pone en entredicho muchas posiciones tanto teológicas como ideológicas que campean en el ámbito protestante y evangélico (pp. 7-8 y 74, subrayado original).

Una cita de D. Roldán es particularmente útil para percibir el abordaje que predomina en el libro:
Mi tesis en este capítulo es la siguiente: la obra de Míguez Bonino sostiene una teología que busca la integración entre la “interioridad ahistórica” y la exterioridad histórico-social del testimonio cristiano. Dicha integración se obtiene por varios movimientos: la reivindicación de cierto historicismo, la “ruptura epistemológica” que supone la inclusión de un “instrumental” concreto de análisis de lo histórico social en la elaboración teológica (el marxismo crítico), como mediaciones teórico-prácticas para “la dialéctica de la obediencia” de la fe y la teología del pacto. Como correctivo de una teología política anodina en cuanto a la concreción de un proyecto histórico, el teólogo argentino postula la necesidad de identificar un proyecto histórico concreto en el cual la fe cristiana se plasme en la historia, como interrelación entre utopía y redención (pp. 9-10 y 95).

Dividido en tres partes, los textos de cada autor y una entrevista con que finaliza el de D. Roldán, el volumen le hace justicia al talante de la teología de Míguez, siempre en diálogo con la tradición protestante y más allá de ella.

Las citas evidencian la seriedad del análisis, pues combina, en el caso de Alberto F., la búsqueda de las raíces vitales de esta teología, junto con sus temas centrales. Ese primer texto, parte de un curso sobre teólogos protestantes latinoamericanos, expone los lineamientos generales del pensamiento de Míguez a partir de cuatro ejes: la presencia del Reino de Dios en la historia, la Trinidad como criterio hermenéutico, la unidad de la Iglesia para la misión y la ética política cristiana. El de David presenta el trasfondo filosófico, las opciones metodológicas y la caracterización y crítica del cristianismo burgués de la interioridad y la exterioridad como dimensiones antropológicas.

Reconociendo su deuda, escribe A.F. Roldán en la presentación: “Con José Míguez Bonino aprendimos a ‘hacer teología’ desde una situación concreta: América Latina. A partir de sus textos y, sobre todo de sus diálogos, nos dimos cuenta de que la teología tiene algo que decir al aquí y al ahora de la Iglesia y del mundo” (p. 23). Ya en el ensayo propiamente dicho, subraya que Míguez influyó en varias generaciones de teólogos/as latinoamericanos y comienza con una semblanza vital que abarca desde su nacimiento, en 1924, hasta su muerte en 2012, basándose especialmente en el texto autobiográfico incluido en  El silbo ecuménico del Espíritu,  libro de homenaje por sus 80 años publicado en 2004. En ese recuento llama la atención la amplitud de miras con que asumió el compromiso ecuménico en una época en la que desde muchos espacios evangélicos era muy mal visto. A continuación, abordará los ejes centrales de su teología para concluir, precisamente, con que estamos ante una verdadera “teología encarnada”.
 

 
   [i] O.L. Mottesi, “Nostalgias y algo más, celebrando a un maestro”. Puede leerse íntegro en:  www.redristianaradical.org/uploads/3/2/3/2/3232275/nostalgias_y_algo_mas_celebrando_a_un_maestro.pdf.  Aquí se cita la versión final que aparece en el libro.