martes, 19 de noviembre de 2013

LOS PECADOS DE CARLOS MONSIVÁIS - por ELENA PONIATOWSKA



Elena Poniatowska ha reunido sus entrevistas en varios volúmenes que, con justicia, llevan el título de Todo México. Ahora, encara a un evangelista de la ficción, Carlos Monsiváis, autor de Nuevo catecismo para indios remisos, crónicas del virreinato light y fábulas profano-religiosas que logran la feliz paradoja de ser “ferozmente anacrónicas, como todo lo reciente”.
Para la Santa Curia, Carlos Monsiváis debe ser algo así como la encarnación del demonio. “¡Vade retro Satanás!”, exclaman ante la sola mención de su nombre y los creyentes se acusan en el confesionario de la lectura de Por mi madre, bohemios como pecado mortal.

Hablo con Carlos de Dios, del Diablo y de su forma de practicar la religión a raíz de su más reciente novedad literaria. El Nuevo catecismo para indios remisos apareció en las librerías un poco antes de la Navidad de 1996 y muchos lo compraron para llevárselo a misa de gallo, pero luego, tan sólo con abrirlo en las páginas centrales, se dieron cuenta de que era más apropiado para misas negras, aquelarres y halloweens en que el invitado de honor es el macho cabrío, la damas presentes Cruela de Vil, Morticia, la madrastra de Blancanieves, Hermelinda Linda y La Paca, y los caballeros son Frankenstein, Drácula, El Tío Cosa y Roberto Madrazo Pintado, que es el que más espanta y a quien Jesusa Rodríguez llama de cariño “El Moretón”.
La primera edición del Nuevo catecismo para indios remisos, con láminas de Francisco Toledo, la hizo Siglo XXI en 1982; la segunda fue la Galería Arvil, y esta tercera, ilustrada y revisada, es una obra maestra al cuidado de Vicente Rojo que publica Era. Niño catedrático, niño sabelotodo, Monsiváis, antes que ratón de biblioteca (de la suya propia, que es vastísima) fue un niño marcado profundamente por Martín Lutero y Juan Huss. La religión que le inculcó su madre, doña Esther Monsiváis —a quien quise muchísimo, fue el protestantismo. Aunque nadie como él está más lejos de ser un fanático religioso.
¿Cuál fue tu catecismo de niño?
―De niño no tuve catecismo por no ser católica mi formación. En todo caso, habré leído alguno de esos catecismos de la Historia Patria que abundaban en las librerías de viejo. Seguramente leí resúmenes de Guillermo Prieto, y en la secundaria intenté leer el de Roa Bárcena y fracasé. Ya en preparatoria leí, no sin morbo, el del Padre Ripalda.
¿Por qué fracasaste en ese aprendizaje de los catecismos?
Porque disponía de un gran equivalente, que rehúye la idea misma de catecismo, La Biblia, leída con cierta perseverancia desde que me acuerdo. Y porque había leído novelas de la formación ejemplar, The Pilgrim’s Progress (El progreso del peregrino), de John Bunyan, 87
muy importante para mí. Pero exagero. Resumiendo, la Biblia fue la madre de todos los catecismos para mí, y el antídoto.
¿Es cierto que para ti saberte los versículos de la Biblia de memoria y recitarlos era un deporte?
No sé si exactamente un deporte, pero sí desde luego un gimnasio de la memoria. Me acuerdo perfectamente del terror cósmico que me invadió al leer en Tom Sawyer —estaría en quinto o sexto de primaria—, el episodio donde uno de los niños de la Sunday School se queda idiota luego de aprenderse cinco mil versículos de la Biblia.
¿No te hizo mucha gracia?
Sí, pero al mismo tiempo me resultaba admonitorio.
¿Era entonces tu único deporte?
No, nadaba y practicaba el atletismo por motivos seguramente derivados de las mÁximas de Benjamin Franklin. Pero la memorización me divertía, al ser un entrenamiento trasladable al plano escolar. Aún retengo muchísimos versículos de memoria y eso, en mi caso, es parte de la formación literaria; una parte estricta, porque la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera es soberbia. El Nuevo catecismo viene de allí directamente, toda proporción guardada.
Bueno, ¿cuál consideras el mejor catecismo?
No se necesita mucha audacia para descreer de los catecismos, Elena. Por eso nunca leí Categorías del Materialismo Dialéctico de Martha Harnecker; por eso la idea de ―No hay más ruta que la nuestra‖ siempre me pareció alucinante; por eso mi noción del ridículo se concreta en panfletos tipo Carlos Cuauhtémoc Sánchez o en las defensas a ultranza del mercado libre.
Háblame de tu libro.
Francisco Toledo, hombre de curiosidad inagotable, descubrió en Oaxaca un Catecismo para indios remisos, es decir, para indios renuentes a ―la verdadera religión‖, como se decía entonces. Armando Colina y Víctor Acuña compraron un juego de grabados del siglo XVIII y se lo dieron, y Toledo decidió trabajar estos temas religiosos, uniéndolos a su mitología juchiteca y poniéndole como título Nuevo catecismo para indios remisos. Me pidió nueve textos y acercándome a lo que creí el espíritu de los grabados, los hice, pero luego ya absolutamente contaminado añadí tres textos, y en una siguiente edición agregué otros diez. Y luego reescribí.
Oye Carlos, ¿y tú crees en los milagros?
De una manera sentimental, sí. Desde luego, me conmueven El milagro de Milán, la película de Vittorio de Sica, o El milagro en la calle 34, sobre la gran tienda y el verdadero Santa Claus que trabaja allí de ―Santaclós‖. Me conmueve de modo distinto Teorema de Pasolini, en última instancia el relato de un milagro libidinoso con todo y levitación. En el orden de la ficción sí creo en los milagros, y extiendo esa convicción a las creaciones del espíritu colectivo, que parecen milagrosas‖. 88
¿Te consideras un hombre religioso?
¿Qué te digo? Ni doctrinaria ni programáticamente religioso, pero en mis vínculos con la idea de justicia social, en mi apreciación de la música y de la literatura, y en mis reacciones ante la intolerancia, supongo que hay un fondo religioso. Ahora, tampoco me gusta describirme como una persona religiosa, porque la mayor parte de las veces se asocia lo religioso con el cumplimiento de una doctrina muy específica y no es mi caso, pero si lo religioso se extiende y tiene que ver con una visión del mundo, con los deberes sociales, con el sentido de trascendencia, pues sí sería religioso... Ahora que te lo dije me sentí en falta, porque ya lo que sigue es mi autocandidatura a la canonización y allí sí me detengo.
¿Nuevo catecismo para indios remisos es un libro de ficción?
Sí. Es un intento de glosar, de llevar a su consecuencia extrema la lógica de las supersticiones. En la Nueva España, por el modo en que se implantó la fe y por esa lenta asimilación de una creencia nueva en un medio tan salvajemente sometido, se produjo una cantidad enorme de supercherías, en sí mismas manicomiales. Y me atrajo la idea de llevar a sus consecuencias a fin de cuentas previsibles lo ya concebido desde la más vigorosa fantasía. Sé que es imposible contender con la fantasía desprendida de las creencias religiosas o equipararse a ella, pero el intento me absorbió un tiempo.
¿Será este tu único libro de ficción?
No tengo idea. Apenas ahora estoy aprendiendo a domesticar mis fervores pararreligiosos.
¿Tú piensas que México es un país de remisos?
No sólo yo lo pienso, con otro énfasis también lo piensan los obispos, que consideran a México un país de analfabetismo religioso y ateísmo funcional. Pero en lo tocante a remiso, en el sentido de renuente... hay una renuencia a considerar ―humanizable‖ la política, hay una renuencia gubernamental a aceptar la democracia, hay renuencia de muchos sectores a aceptar formas de convivencia civilizada. Es un país que se ha ido armando en el juego de las renuencias y en los enfrentamientos entre lo impune y lo civilizado.
¿Qué opinas de las demandas cada vez más agresivas de la Iglesia católica, que ahora participa abiertamente en política?
Es importante que los sacerdotes, los obispos, los cardenales, den su punto de vista sobre lo que está pasando. Diversifica, matiza el panorama y están en su pleno derecho. Ahora bien, lo que dicen la mayor parte de las veces me resulta triste por los conocimientos políticos que exhiben, y por el proyecto de avasallamiento. No acepto, desde luego, la pretensión de la educación religiosa en las escuelas públicas, somos una sociedad laica y debemos seguir siéndolo. No acepto su oposición tajante, cada vez más vigorosa, al control natal que ahora llaman ―supresión natal‖, porque entre los requisitos de la sobrevivencia nacional incluyo al control demográfico, y oponerse a éste en nombre de una justicia inmanente que le dará de comer a todos los niños que nazcan y les permitirá educación, desarrollo y posibilidades de empleo, es simplemente un disparate. No acepto los sojuzgamientos del cuerpo y apoyo la despenalización del aborto y las grandes campañas preventivas en el caso del SIDA y del uso del condón, y también estoy a favor de eliminar las presiones psicológicas, culturales y moraloides en contra de las minorías que legítimamente ejercen su derecho.
Extracto de una entrevista publicada por La Jornada Semanal, 23 de febrero de 1997
Incluimos esta entrevista como un doble homenaje: a Elena Poniatowska que hoy fue galardonada con el premio Cervantes y a Carlos Monsiváis, el gran escritor mexicano de origen protestante.
Ramos Mejía, 19 de noviembre de 2013


miércoles, 30 de octubre de 2013

LA LIBERTAD CRISTIANA – Martín Lutero







El 31 de octubre de 1517 el monje agustino Martín Lutero clavaba las 95 tesis en Wittenberg, dando así comienzo a la Reforma Protestante. Como explica el teólogo Rodolfo Obermüller: “El texto fue impreso en latín para ser clavado en el pizarrón de la Universidad de Wittenberg, y para ser enviado a un número pequeño de interesados, entre otros el arzobispo.” Pero la difusión fue tan grande, que el propio Lutero se asombró de que las tesis se hubieran conocido en varias ciudades de Europa, ya que muchas personas copiaron el texto y lo difundieron.
La Reforma Protestante fue el resultado de muchos factores: políticos, económicos, culturales y, naturalmente, religiosos. En este último ámbito, era evidente que la Iglesia católica romana de entonces había caído en una etapa de corrupción generalizada y  necesitaba una reforma.
Las banderas de la Reforma Protestante fueron:
Sola Scriptura
Sola fide
Sola gracia
Solo Cristo
En esta nueva celebración, compartimos algunos párrafos de uno de los libros más enérgicos y claros que salieron de la pluma de Lutero: La libertad cristiana.
“A fin de que conozcamos a fondo lo que es el cristiano y sepamos en qué consiste la libertad que para él adquirió Cristo y de la cual le ha hecho donación –como tantas veces repite el apóstol Pablo- quisiera asentar estas dos afirmaciones:
“El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todos.(…)”
“En esto consiste la libertad cristiana: en la fe única que no nos convierte en ociosos o malhechores, sino antes viene en hombres que no necesitan obra alguna para obtener la justificación y salvación.”

“Se deduce de todo lo dicho que el cristiano no vive en sí mismo, sino en Cristo y el prójimo; en Cristo por la fe, en el prójimo por el amor. Por la fe sale el cristiano de sí mismo y va a Dios; de Dios desciende el cristiano al prójimo por el amor. Pero siempre permanece en Dios y en el amor divino, como Cristo dice; ‘De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre’. He aquí la libertad verdadera, espiritual y cristiana que libra al corazón de todo pecado, mandamiento y ley; la libertad que supera a toda otra como los cielos superan la tierra: ¡Quiera Dios hacernos comprender esa libertad y que la conservemos! Amén.”
Que este día: 31 de octubre de 2013, un nuevo aniversario de La Reforma Protestante, que cambió no sólo al cristianismo sino también influyó en el mundo entero, nos haga a los protestantes y evangélicos, fieles al Evangelio de la gracia de Dios, no de las obras y nos impulse a lo que dice San Pablo: “Cristo nos libertó para que vivamos en libertad. Por lo tanto, manténganse firmes y no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud.” (Gálatas 5.1, NVI). Porque una de las virtudes más importantes que nos da el Evangelio es la libertad. Curiosamente o no, es una de las virtudes de la que menos se habla en la mayoría de ámbitos evangélicos hoy. ¡Celebremos, enseñemos y vivamos la libertad que Cristo nos ha dado sólo por la fe!


Alberto F. Roldán

Ramos Mejía, 31 de octubre de 2013

domingo, 27 de octubre de 2013

El Padre nuestro de pan




  
   Padre nuestro, padre ambiguo
de los milagros eternos
que admiramos los modernos
por tu gran prestigio antiguo.
   Si junto a la fuente pasa
la ninfa, hay en su blancura
lo que inspira, lo que dura,
lo que aroma y lo que abrasa.
   Pues al ver la viva flor,
o la estatua que se mueve,
hecha de rosa o de nieve,
nos toma el alma el amor.
   Pan nuestro que estás en la tierra,
porque el universo se asombre,
glorificado sea tu nombre
por todo lo que en él encierra.
   Vuélvanos tu reino de fiesta
en que tú aparezcas y cantes
con los tropeles de bacantes
maravillando la floresta.
   Hunde, siempre violento y vivo,
y por tus ímpetus agrestes,
en el cielo cuernos celestes
y  en la tierra patas de chivo.
  Danos ritmo, medida y pauta
al amor de tu melodía,
y que haya, al amor de tu flauta,
amor nuestro de cada día.
   Deudas que el alma amando trunca
están en tu disposición,
y no le concedas perdón
a aquel que no haya amado nunca.


Rubén Darío, poeta nicaragüense, representante del modernismo en la literatura castellana. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

LA PESADILLA HITLER: HISTORIA Y FICCIÓN - Alberto F. Roldán






Dos hechos, uno desde la historia y otro desde la ficción, convergen en estos días en la Argentina. Uno, es la muerte del genocida Erich Priebke, hecho ocurrido en Roma, al cumplir los cien años de vida. En su foja de servicios, figura la matanza de más de trescientos niños y adultos en las Fosas Ardeatinas, asistiendo a Herbert Kapler. En 1946 Priebke huyó a la Argentina con documentos falsos que obtuvo en Roma. Estuvo poco tiempo en Buenos Aires, porque luego se radicó por muchos años en San Carlos de Bariloche. Recién fue descubierto en 1994. Italia pidió su extradición, a la cual accedió el gobierno argentino en 1995.
Ahora que Priebke ha muerto, la estela de mal que deja su figura -“la banalidad del mal” diría Hannah Arendt en célebre y enigmática expresión- es de tal magnitud que nadie quiere sus restos mortales. El gobierno argentino ha rechazado toda posibilidad de que sea enterrado en Bariloche junto a la tumba de su mujer. Una nota periodística de hoy dice que “el criminal nazi Erich Priebke, cuyo funeral fue anulado por disturbios y protestas, se convirtió este miércoles en un cadáver incómodo para Italia, que debate sobre qué hacer con sus restos mortales.” Como puede percibirse, un criminal de esta calaña no puede descansar en paz.
Por otro lado, hace unas semanas se estrenó en la Argentina la película Wakolda, que narra la vida de otro nazi célebre: Josef Menguele. El film, dirigido por Lucía Puenzo, basado en la novela homónima de su propia autoría, narra la presencia del famoso médico nazi en Bariloche. Escenificada en los años 1960, el centro de la narrativa es una familia protagonizada por Natalia Oreiro y Diego Peretti, que tiene una niña de unos doce años con problemas de crecimiento. Menguele –encarnado por el actor Alex Brendemühl- se gana el favor de la niña para hacer experimentos en ella tendientes a favorecer su crecimiento. Finalmente Menguele es descubierto pero logra escapar con pasaporte falso. El llamado “ángel de la muerte” fue famoso por sus experimentos en seres humanos a los cuales, inclusive, les sacaba los ojos. Se cuenta que cuando los trenes llegaban con judíos hacia el campo de concentración de Auschwitz, él los aguardaba en el andén para seleccionar a los que consideraba “los más aptos”. A todas luces, quería comprobar, fácticamente, aquello de la  “raza superior aria” tesis central del nazismo.
Como podemos observar, tanto desde la historia como hecho real –la muerte de Priebke- como desde la ficción, la película Wakolda, el nazismo siempre está presente en la memoria. Se trata de la pesadilla Hitler, cuya presencia nefasta no podemos olvidar ni eludir. Y está bien. Debe ser así. Porque, como dice León Giecco:
“Todo está guardado en la memoria,
Sueño de la vida y de la historia.”
Por eso: bienvenidas sean las ficciones que nos permiten rememorar la historia. Porque ante la pesadilla Hitler, sólo nos cabe mantener una memoria colectiva viva y alerta para que nunca más se repita en el presente y el futuro de la humanidad.


Doctor en teología. Máster en ciencias sociales y máster en educación. Director de Teología y cultura: www.teologos.com.ar

jueves, 3 de octubre de 2013

Hans Küng: teólogo de la Iglesia de Cristo



Hay personalidades que, por su trayectoria, ya no pueden considerarse sólo de un espectro eclesial determinado. En la historia de la Iglesia podemos ilustrar el caso con San Agustín. Obviamente, perteneciente al catolicismo romano pero ¿quién dudaría de la influencia que también ejerció en el Protestantismo? Hasta podríamos decir que Agustín influye más decisivamente en ese ámbito, a partir de Lutero y de Calvino, padres de la Reforma, que fueron consumados agustinianos en su teología.
El caso que nos ocupa ahora es Hans Küng. Padece de Parkinson, está por quedar ciego y solicita una muerte asistida. Admiro a Hans Küng. Leí su temprana obra La Iglesia, en los lejanos años 1960. Una obra decisiva en la que, mediante exégesis y riguroso pensamiento teológico, llega a posiciones muy afines al protestantismo, por ejemplo, en el caso de la Cena del Señor que define como memorial.
Küng fue un gran admirador y amigo de Karl Barth, suizo como él. Su tesis doctoral se titula: La justificación según Karl Barth, trad. Francisco Salvá Miguel, Barcelona: Estela, 1967. Entiende que el planteo de Barth implica una pregunta incisiva para el catolicismo. Dice:
“El único problema, que siempre se repite: ¿la doctrina católica de la justificación considera seriamente la justificación como acto soberano de la gracia de Dios? El más profundo deseo de Karl Barth, que ha sido la fuerza motriz de toda su evolución desde el liberalismo, pasando por el exsitencialismo, hasta la Kirchliche Dogmatik, su – como von Balthasar lo llamaba- devorante celo por Dios, ha quedado también como el deseo decisivo de su doctrina sobre la justificación. ¡El soli Deo gloria!” (p. 91).
Sobre la idea de la gracia en Barth, Küng entiende que hay diferencias aunque finalmente la gracia es una sola. Explica:
“Barth desconoce el sentido de las divisiones católicas de la gracia: éstas no deben plantear como problema la unidad de la gracia, como si toda la gracia nos fuera dada en el solo Jesucristo, pero pretenden sólo mostrar el efecto inmenso y plural del acto de soberanía de Dios. La gracia es una, pero actúa en el hombre, que es un ser complejo; y en la medida en que es de esta manera, tienen un sentido las diferencias.” (p. 207).
Estos botones de muestra, indican la influencia que Barth ejerció en la teología de Küng. Sus aportes a continuarían con temas urticantes como el de su libro ¿Infalible? publicado sin las debidas autorizaciones y en el que pone en cuestionamiento la infalibilidad papal. Su pensamiento crítico hacia ciertas posiciones del catolicismo romano provocó que fuera silenciado oficialmente por Juan Pablo II a instancias del entonces cardenal Joseph Ratzinger. Sería una medida reivindicatoria que el papa Francisco levantara ahora esa sanción. 
En los últimos años, Küng desarrolló un programa de investigación sobre las grandes religiones del mundo: judaísmo, Islam y cristianismo, postulando que sólo habrá paz en el mundo cuando haya paz entre las religiones.
Ahora, que Hans Küng se está despidiendo de este mundo, dado su delicado estado de salud, es oportuno reivindicarlo no sólo como teólogo católico romano sino como un pensador que ha servido a la Iglesia de Cristo, sin distinciones y, por medio de ella, también a la sociedad y la cultura.

Alberto F. Roldán

Buenos Aires, 3 de octubre de 2013

domingo, 15 de septiembre de 2013

Alberto Roldán "retrata" a José Míguez Bonino, por Leopodo Cervantes-Ortiz


'Teología encarnada’ de Míguez Bonino según los Roldán (II)

 “¿Es posible una ética político-cristiana que sea operativa en la esfera pública? […] ¿Cómo puede el cristianismo responder a las nuevas prácticas y concepciones de la vida política en el mundo moderno?” Alberto Roldán ‘retrata’ a Míguez Bonino
07 DE SEPTIEMBRE DE 2013
 
El temple y la seriedad teológica de este libro, hay que decirlo, exige al lector que no sólo se interese por el autor estudiado sino que verdaderamente advierta la importancia del mismo.

Y eso lo hace sin insistir todo el tiempo en ello, puesto que más bien los autores demuestran que aprendieron bien la lección de su maestro a la hora de emprender la tarea de evaluar una labor teológica tan consecuente. De esta manera,
los Roldán consiguen varias cosas al mismo tiempo: un retrato fiel de Míguez Bonino, considerando incluso aspectos autobiográficos, un resumen de las líneas dominantes de su pensamiento y, también, una proyección sobre la manera en que el autor de  Espacio para ser hombres  seguirá vigente en el ámbito latinoamericano, y no únicamente protestante.

Alberto, que es quien sintetiza la vida de Míguez, no se apoltrona en la contemplación de la personalidad de su admirado profesor y completa el impulso de relacionar la biografía con los frutos de ese trabajo teológico. Luego de presentar los aspectos biográficos acomete el análisis de los “ejes centrales” de esta teología y apunta sobre sus fuentes:

 Míguez Bonino apela no sólo al testimonio de las Escrituras, sino también a la tradición patrística, medieval, moderna y contemporánea sin dejar de tomar en cuenta lo mejor de la filosofía y la sociología para cada tema en cuestión. Fiel discípulo de Karl Barth (aunque no haya estudiado con él) se puede ver a Míguez Bonino con una Biblia en una mano y el diario en la otra. Sus exposiciones tienen siempre un tono pastoral y denotan un enorme esfuerzo por pensar la fe para cada momento de la historia. (p. 35)
Y en ese tono se mueve todo el tiempo al explorar los temas preponderantes de Míguez. El Reino de Dios, como paradigma central, “apareció recurrentemente en sus textos”, señala, y advierte que “la principal fuente para entender” lo que significó para él dicho tema es una ponencia presentada en diciembre de 1972, en la que Míguez buscó, según sus propias palabras, y en una época en que aún no se clarificaban bien sus coordenadas, “entender la presencia activa del reino en nuestra historia de tal modo que podamos adecuar a ella nuestro testimonio y acción”.

No era usual semejante valentía conceptual dentro del protestantismo latinoamericano, sobre todo a la hora de clarificar posturas ideológicas y espirituales ante las nuevas exigencias que se presentaron coyunturalmente a las comunidades. Tal realidad escatológica debía presidir absolutamente todo lo que hicieran las iglesias, aunque si bien, Míguez reconoció que el kairós no llegó a la manera en que se esperaba, las exigencias siguieron y siguen vigentes.

La Trinidad como criterio hermenéutico fue otro de los jalones metodológicos que presidieron el trabajo de Míguez, pues pudo distinguir enfáticamente la diferencia entre la creencia eclesial de la Trinidad divina y la “realidad ontológica y económica” de las personas trinitarias en la historia(p. 43).

Algo similar sucede con su visión sobre la iglesia y la unidad para la misión, un tema que lo apasionó y sobre el que también escribió páginas memorables.

A. Roldán comienza su análisis desde la manera en que Míguez evaluó el Concilio Vaticano II al participar en él como único observador protestante latinoamericano. Las preguntas incisivas que lanzó al concilio mismo en marcha y a sus resoluciones son una muestra más de su capacidad para concentrar problemáticas teológicas de gran alcance. Una de ellas, fuertemente crítica sobre el espíritu y la disposición renovadora del concilio, la cita Roldán  in extenso:  “Es posible cumplir tal programa sin tocar la rigidez formalista de cierta teología de escuela, sin modificar la despersonalización objetivista de una concepción puramente jurídica de la Iglesia sin conmover el control paralizante de la centralización curial, sin abrir la mentalidad antimoderna del clericalismo —para limitarnos sólo a las cosas más evidentes y superficiales? (p. 48). Con este mismo ímpetu se acerca a otras obras de Míguez en donde afloró su preocupación por el impacto de la unidad en la misión de la iglesia, como  Integración humana y unidad cristiana  (1969). En este sentido, su posición fue contundente: “Una Iglesia dividida en un mundo que busca la unidad es el más trágico contrasentido que pueda imaginarse” (p. 51). Más bien, la Iglesia ofrece un paradigma de unidad humana y debe ser un camino abierto “a la comunidad humana universal” (p. 52).

La ética política cristiana es el último gran tema que desarrolla A. Roldán con especial soltura, pues la atención prestada a este tópico tan controversial vuelve a manifestar cómo Míguez fue un pionero y practicante de las ideas que consolidó en sus textos.

Desde 1964, esbozó la idea de los “Fundamentos de la responsabilidad social de la Iglesia”, como se decía entonces. Un título muy parecido tenía un texto preparado para la primera reunión del movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina (Lima, 1961) y que apareció aumentado en un libro colectivo es el testimonio de esta tendencia. A partir de los cuatro modelos que analiza allí intenta aplicar algunos principios para reformular dicha responsabilidad en términos bíblicos y cristológicos. Ellos son: la actuación de Dios en la historia para “crear una comunidad solidaria y responsable”, la creación divina de “un ser humano maduro, responsable y libre” y la operación de la encarnación en el mundo. No obstante lo cual, la falibilidad y precariedad de las decisiones eclesiales y de los creyentes por separado, obstaculiza en ocasiones la consecución de los planes divinos.

A. Roldán traza el desarrollo cronológico de esta temática en los libros de Míguez: desde
 Christians and marxists  (1976) hasta  Poder del Evangelio y poder político  (1999), pasando  La fe en busca de eficacia  (1977) y  Toward a Christian political ethics  (1983). El primero de ellos fue resultado de unas conferencias expuestas en 1974, en Londres, gracias a la invitación de John Stott y Langham Trust. En todos ellos, Míguez habla como un cristiano comprometido con su tiempo que abre los ojos a la realidad y desea dialogar con las corrientes que dieron cauce a profundas transformaciones sociales, como el marxismo, pero sin abandonar jamás el horizonte evangélico. Las alianzas estratégicas, decía, no deberían ahogar la aportación específicamente cristiana al cambio social. De ahí sus nuevas y acuciantes preguntas en el libro de 1983: “¿Es posible una ética político-cristiana que sea operativa en la esfera pública? […] ¿Cómo puede el cristianismo responder a las nuevas prácticas y concepciones de la vida política en el mundo moderno?” (pp. 67-68).

Nunca abandonaría, al calor de estas preocupaciones urgentes, el sentido evangélico de la justicia, pues su teología que siempre buscó encarnar el Evangelio ante las realidades humanas más sentidas, quiso ser eso precisamente, una encarnación de su impacto para beneficio de las personas.

Para eso, concluye A. Roldán, fue y es preciso que se encarnaran el Logos, la Iglesia y la propia teología mediante procesos muchas veces dolorosos, pero ineludibles. Es un búsqueda de pertinencia y eficacia a como dé lugar.

Esta cita de Míguez sobre la comunidad cristiana, procedente del citado texto de 1964 (hace casi 50 años), bien puede servir para confirmar el análisis:

 […] ni la Iglesia como comunidad, y menos aún el cristiano individualmente son infalibles. Muy por el contrario, todas ellas están infiltradas de la precariedad y el error de todas las decisiones humanas. Pero no por ello estamos justificados en eludirlas o postergarlas. Jesucristo, el Señor, no interrumpe su acción en el mundo. El testigo de Jesucristo no puede demorar la suya, que no es, en suma, sino el esfuerzo atrevido de la fe por estar en cada momento con su Señor allí afuera, donde Él libra sus batallas en medio de las vicisitudes de la historia humana. (pp. 77-78)

©Protestante Digital 2013

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