miércoles, 24 de diciembre de 2014

DEL NACIMIENTO por San Juan de la Cruz




Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado
de su tálamo salía,
abrazado con su esposa,
que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre,
en un pesebre ponía,
entre unos animales
Que a la sazón allí había.
Los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,
festejando el desposorio
que entre tales dos había;
pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
Al desposorio traía;
y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía;
el llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
lo cual del uno y del otro

tan ajeno ser solía. 

Ilustración: "La adoración de los magos", cuadro de Durero 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Venga a nosotros tu Reino






Nos evadimos del mundo o estamos secularizados; lo que significa, en todo caso, que ya no creemos en el reino de Dios. Somos enemigos de la tierra porque quisiéramos ser mejores que ella, o somos enemigos de Dios porque nos roba la tierra, nuestra madre. Huimos del poder de la tierra o nos aferramos a él, rígidos e inamovibles.
Sin embargo, no somos caminantes que aman la tierra que nos sustenta sólo porque a través de ella se acercan al país remoto que anhelan por encima de todo… si no, no caminarían. En el reino de Dios sólo puede creer quien camina amando simultáneamente a la tierra y a Dios. […]
Dios quiere ser honrado por nosotros en la tierra, quiere ser honrado en el hermano, no en otra parte. El hace descender su reino sobre el campo maldito. Si abrimos los ojos nos haremos sencillos y le obedeceremos aquí. “¡Venid benditos de mi Padre, entrad en posesión del reino!” Esto sólo lo dirá el Señor a quienes haya dicho: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber. Cuanto hicisteis con cada uno de estos mis hermanos más pequeñuelos conmigo lo hicisteis” (Mt. 25, 34-40).
Dietrich Bonhoeffer, “Venga a nosotros tu Reino”, en Creer y vivir, Salamanca: Sígueme, 1974, pp. 101 y 114.


Esta cita del texto de Bonhoeffer es una muestra del eje de toda su teología: una teología para el mundo y en el mundo. El Reino de Dios debe venir a la tierra. Significa honrar a Dios en la tierra. Implica compromiso con el prójimo. Es una teología concreta, humana y terrena. Entramos al Reino en la obediencia concreta al mandamiento de Dios en Cristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. No es otra la esencia de la fe judeocristiana. Creo que este puede ser un mensaje muy adecuado para esta época de Adviento. Paz y bendición para todos los lectores.
Ilustraciones: Casa de Dietrich Bonhoeffer y retrato del teólogo luterano.
Alberto F. Roldán

Ramos Mejía, 6 de diciembre de 2014

martes, 23 de septiembre de 2014

Ecumenismo estructural: ¿unidad o uniformidad? Alberto F. Roldán





De un tiempo a esta parte en ciertos ámbitos evangélicos, pentecostales y carismáticos se viene hablando de la unidad de la Iglesia. Dada la insistencia en el tema y sus implicaciones, es preciso abordarlo, retomando así, desde otra perspectiva, el tema del excelente artículo del pastor metodista Guido Bello sobre el “ecumenismo espiritual”, publicado en este mismo espacio.[1] En principio, el anhelo de unidad  no tiene nada de malo en sí mismo, ya que, la intención de Dios en Jesucristo siempre ha sido la unidad del pueblo de Dios. La oración de Jesús es muy clara al respecto: “que todos sean uno … para que el mundo crea.” (Juan 17.21 RV 1960).  El problema es cuando ciertos discursos procedentes del mismo espectro al que alude Guido Bello, tienden a confundir deliberada o inconscientemente la unidad con la uniformidad. En efecto, se habla no solo de “unidad espiritual” sino también de “unidad estructural”, expresión  que es menester analizar con cierta profundidad, dada la importancia del tema y sus consecuencias. Las preguntas se imponen: ¿es posible una unidad estructural entre las iglesias cristianas? Y si así fuese: ¿cuáles serían las aporías imposibles de soslayar?
Debemos recordar que en los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia se definió con cuatro notas o características: La Iglesia es una, santa, católica[2] y apostólica. De modo que hablar de unidad de la Iglesia no es algo nuevo en la historia. Esa cuádruple designación fue formulada en el concilio de Constantinopla en el  año 381 d. C.  y confirmada en posteriores concilios como el de Éfeso y Calcedonia. Lo significativo es que esas notas eclesiales fueron  aceptadas también por los reformadores, como notas distintivas de la verdadera Iglesia de Jesucristo. Sin embargo, agregaron algo más. Como explica Hans Küng:
Los reformadores protestantes no negaron los cuatro predicados de la Iglesia, pues mantenían expresamente los antiguos símbolos de la fe; pero, con miras a las comunidades y a la reforma de la Iglesia, les pareció decisiva otra cosa. También ellos se preguntan: ¿dónde está la verdadera Iglesia? Pero su respuesta, a par teológica y polémica fue: donde se predica puramente el evangelio y se administran rectamente los sacramentos.[3]
Por lo expuesto, no estaba en la intención de los reformadores del siglo XVI romper con esa tradición, reconociendo que, al fin de cuentas, la Iglesia de Cristo es una sola, santa, universal y apostólica en su fundamento. Pero dada la corrupción en que había caído la Iglesia en esos tiempos, postularon la importancia de que se agreguen dos notas más: la predicación pura del Evangelio y la administración de los sacramentos, a lo cual Calvino agregaría el tema de la disciplina correcta.
            ¿De qué unidad estamos hablando cuando decimos que la Iglesia de Cristo es una? ¿Acaso se trata de una referencia mágica al número “1” como si no existiera una pluralidad en las formas de ser iglesia? Claramente nos referimos a una unidad en la diversidad y unidad en la variedad. Porque no hay otro modo que ser diversos en la unidad. En la comprensión cristiana de Dios, Él mismo es uno y diverso al ser Padre, Hijo y Espíritu Santo: Trinidad ontológica y Trinidad económica (salvífica), como distingue la teología.  La Trinidad, como dice Leonardo Boff, es una verdadera comunidad, modelo para la Iglesia y modelo para el mundo. El ya citado Hans Küng nos invita a superar la idea mágica del “uno” en el sentido de uniformidad y aceptar, gozosamente, la diversidad. Insta a pensar en la pluralidad del culto, pluralidad del orden eclesiástico y pluralidad de la teología. Sobre esta última, dice con acierto:
Pluralidad también en la teología. Un solo Dios, un solo Señor, una sola fe y una sola esperanza; pero distintas teologías, distintos sistemas, distintos estilos de pensar, aparatos conceptuales y terminologías, distintas escuelas, tradición y tendencias en la investigación, distintas universidades y distintos teólogos y, en este sentido, una vez más, distintas iglesias.[4]
No puede ser de otro modo ya que aún la misma Biblia, que es una, es diversa en cuanto a autores, perspectivas, líneas de pensamiento, en suma: teologías. El mero hecho de que el cristianismo se haya expandido en tantas geografías del mundo, habla poderosamente no sólo de su capacidad para evangelizar a las naciones sino también a insertarse en las culturas diversas e influir en ellas a la vez que, dialécticamente, es influida por ellas. El uso de idiomas, costumbres, músicas, modos de pensar, maneras de administrar conducen, inevitablemente, a la diversidad y en un mundo cada vez más pluricultural, es de pensar que esa diversidad debe reconocerse y acentuarse.
            ¿Qué pasaría si aceptamos una unidad “estructural”? Desde el lado de los protestantes, evangélicos, pentecostales, carismáticos y renovados, una aceptación de tal postulado significaría renunciar a sus propias teologías, formas de culto, características peculiares, en suma: dejar de ser lo que ahora son. En el telón de fondo de tal postulado, está la idea de una unidad estructural con la Iglesia Católica Apostólica Romana. Pero si así fuese, es bueno ensayar un reductio ad absurdum. ¿Qué implicaría eso en términos concretos? ¿La renuncia a las doctrinas características de la Reforma? ¿La asunción de otras doctrinas, por caso, las mariológicas o la infalibilidad papal, que nunca han dogmas de fe para los protestantes y evangélicos? ¿Quién administraría esa Iglesia monolítica y estructural? Y hasta podría preguntarse: ¿dejarían los pastores y pastoras protestantes de ser autónomos respecto a la Iglesia Católica Apostólica y Romana para pertenecer a su corpus eclesial? ¿Percibirían sus salarios u honorarios de esa Iglesia estructuralmente monolítica? Son preguntas que acaso alguien podría juzgar de extrañas e inoportunas pero a ellas nos conduce de la lógica del postulado que comentamos.
            Creemos que la unidad de la Iglesia de Cristo se debe materializar en unidad en diversidad. Creemos que casi cinco siglos de Protestantismo no pueden ser echados por la borda para renunciar a esa manera de ser cristiano. Esto no significa dejar de reconocer la importancia histórica que ha tenido la Iglesia Católica Romana y su aporte a la evangelización, a la teología y la cultura del mundo. Simplemente significa que una verdadera unidad en la diversidad implica un mutuo reconocimiento de las iglesias que, más allá de su poder económico, son una en Cristo. Implicaría, por otra parte, la revisión de inquietantes documentos del Vaticano, como el famoso Dominus Iesus que, en su apartado eclesiológico, reconoce solo a la Iglesia Católica Apostólica Romana como la verdadera Iglesia de Cristo y acepta solo el carácter de iglesias a algunas orientales o que tienen un episcopado “válido”, relegando a iglesias históricas como las protestantes, al rango de  meras “comunidades eclesiales”. En su evaluación del Concilio Vaticano II –del cual fue el único observador protestante latinoamericano- preguntaba José Míguez Bonino: “Si la Iglesia Católica Romana tiene la plenitud de la verdad, de la unidad y de la misión, ¿qué valor último se puede reconocer a las demás comunidades?”[5]
            La uniformidad implica, de suyo, el ejercicio de cierto poder eclesial dominante, centralista y autoritario, tendencias que se pueden percibir con relativa facilidad en diversos cuerpos eclesiales de cualquier signo.  En estos tiempos de pluralismo, también es bueno que las iglesias y sus líderes reconozcan la unidad del pueblo de Dios pero en la diversidad de expresiones, cultos, teologías y modos de pensar la fe y de vivirla. Postular una unidad en términos de uniformidad, solo puede hacerse como fruto de la ilusión o de la imposición, nunca desde la Biblia, la historia y el sentido común. La unidad en la diversidad implica que las iglesias vivan un mutuo reconocimiento entre ellas, lo cual redundará en un enriquecimiento de todas y en bendición para el mundo. Al fin de cuentas, se trata siempre de unidad en el Evangelio del Dios que se ha propuesto reunir todas las cosas en Cristo.

Alberto F. Roldán. Doctor en teología por el Instituto Universitario Isedet. Máster en ciencias sociales y humanidades por la Universidad Nacional de Quilmes. Máster en educación por la Universidad del Salvador. Es pastor maestro de la Iglesia Presbiteriana San Andrés, de Buenos Aires. Director de posgrado del Instituto Teológico Fiet. Es miembro de la junta directiva de FAIE.
Ramos Mejía, 9 de setiembre de 2014
Publicado en Ecupress, 23 de setiembre de 2014.



[2] Casi es ocioso aclarar que “católica” en ese contexto, alude simplemente a su carácter de “universal”. Para una reflexión profunda del sentido de la catolicidad de la Iglesia véase Juan Luis Segundo, Teología abierta para el laico adulto, vol. 1, Esa comunidad llamada Iglesia, Buenos Aires: Carlos Lohlé, 1968pp. 15-43
[3] Hans Küng, La Iglesia, trad. Daniel Ruiz Bueno, Barcelona: Herder, 1975, p. 319
[4] Ibid., p. 329. Cursivas originales.
[5] José Míguez Bonino, Concilio abierto, Buenos Aires: La Aurora, 1967, pp. 99-100

sábado, 13 de septiembre de 2014

Reflexiones sobre el legado de Wolfhart Pannenberg - por Alberto F. Roldán







            El 5 de setiembre último falleció Wolfhart Pannenberg. Teólogo sistemático por excelencia, nos deja un monumental legado de pensamiento cristiano en sus numerosos libros y artículos. Había nacido en Stetting, Alemania, en 1928. Perteneció a la Iglesia luterana y desde joven mostró una gran pasión por el estudio de la filosofía y la teología, campos que dominaba con gran maestría.
            Mi acercamiento a sus obras comenzó con la lectura de libros pequeños pero enjundiosos tales como: La fe de los apóstoles, Teología y Reino de Dios y El destino del hombre, para incursionar, más adelante, en sus obras más voluminosas, especialmente: Systematic Theology[1], Cuestiones fundamentales de teología sistemática, Teoría de la ciencia y teología, Una historia de la filosofía desde la idea de Dios y Antropología en perspectiva teológica.  
            Algunos de los conceptos y líneas de pensamiento que me impactaron de Pannenberg fueron: el concepto de “revelación como historia” que es con el cual Pannenberg comenzó su escuela teológica junto a otros biblistas y teólogos.[2] La historia es, para Pannenberg, el escenario de la revelación de Dios que, lejos de ser una manifestación para algún grupo humano, está abierta a todos. También me agradó su uso del término prólepsis, en el sentido de “anticipación” del futuro. Para Pannenberg, la resurrección de Jesucristo, que dicho sea de paso él interpretó en forma plenamente histórica, es la anticipación de la victoria final del Reino de Dios.[3] Y, por supuesto, también aprecié su énfasis en el Reino de Dios. Dice: “El anuncio del reino de Dios venidero constituyó el centro del mensaje de Jesús.”[4] A pesar de esa importancia, constata que “la escatología fue desprendida y despojada de su sentido temporal. Se prescindió de que en el mensaje de Jesús la idea del reino de Dios designaba un futuro bien concreto.”[5] Por lo tanto, sentenciaba:”La teología actual ha de recuperar de nuevo este tema fundamental del mensaje de Jesús.”[6] Como si su voz se hubiera escuchado, precisamente el siglo XX fue el del resurgir del tema del Reino de Dios tanto en las teologías nordatlánticas como en las latinoamericanas, especialmente la teología de la liberación y la teología de la Fraternidad Teológica Latinoamericana).[7]
                        En fin, se podría seguir escribiendo mucho sobre el legado de Pannenberg a la Iglesia. Pero fundamentalmente, como dice David A. Roldán: “Más allá de las muchas críticas que pueden plantearse a la teología de Panneberg (varias de tenor ideológico), una cosa es cierta: Pannenberg tomó con absoluta seriedad la tarea de pensar la fe.”[8] Yo agregaría, con sumo respeto, que entre las cosas que también podrían habérsele criticado es su escaso interés por la teología que se forjaba en América Latina, a diferencia, por caso, de Jürgen Moltmann. Pero más allá de esos aspectos, Wolfhart Pannenberg nos deja un monumental legado de pensamiento cristiano con un rigor poco común pero imprescindible para poder dialogar con la filosofía y las ciencias sociales y humanas en un mundo cada vez más desafiante.
Alberto F. Roldán. Doctor en teología por el Instituto Universitario Isedet. Máster en ciencias sociales y humanidades por la Universidad Nacional de Quilmes. Máster en educación por la Universidad del Salvador. Director de posgrado de FIET. Director de Teología y cultura: www.teologos.com.ar
Ramos Mejía, 13 de septiembre de 2014



[1] Wolfhart Pannenberg, Systematic Theology, trad. Geoffrey W. Bromiley, Grand Rapids: Eerdmans, 1991, obra en tres volúmenes que consigno en su traducción al inglés por ser la versión que tengo en mi biblioteca, obsequiada por mi gran amigo Eriberto Soto. Originalmente fue publicada en alemán en 1988. Gracias a Ediciones Sígueme, editorial católica de España tenemos esa obra también en castellano. Un estudio profundo de la teología de Pannenberg es la obra de Stanley J. Grenz, Reason for Hope. The Systematic theology of Wolfhart Pannenberg, 2da. Edición, Grand Rapids: Eerdmans, 2005. ¡También obsequiada por el mismo amigo!
[2] La obra con que comenzó ese proyecto es: Wolfhart Pannenberg (editor), Revelation as History. A proposal for a more open, less authoritarian view of and important theological concept, trad. David Granskou, Londres: Macmillan Co, 1969. En esta obra, participan el propio Pannenberg y los teólogos Rolf Rendtorff, Trutz Rendtorff y Ulrich Wilkens.
[3] He desarrollado con mayor profundidad estos conceptos en mi artículo: “La epistemología escatológica de Wolfhart Pannenberg”, Teología y cultura, año 1, vol. 2, diciembre de 2004, pp. 1-7: www.teologos.com.ar
[4] Wolfhart Pannenberg, Teología y Reino de Dios, trad. Antonio Caparrós, Salamanca: Sígueme, 1974, p. 11.
[5] Ibid., p. 13
[6] Ibid.
[7] Para mayor profundización del tema véanse: Alberto F. Roldán, Escatología: una visión integral desde América latina, Buenos Aires: Kairós, 2002 y Reino, política y misión, Lima: Ediciones Puma, 2011.
[8] David A. Roldán: “Último adiós a Wolfhart Pannenberg: una bienvenida al estudio de su obra”. www.teologos.com.ar  Accedido: 13 de septiembre de 2014

sábado, 26 de julio de 2014

EDUCACIÓN PARA LA PAZ




 

 

La educación para la paz exige un claro pronunciamiento en contra de la guerra y la pedagogía de la muerte. Hablando de su contrario, o sea “la pedagogía de la paz”, el propio Ricoeur apunta a desarrollar una labor de denuncia y de distensión. En plena guerra fría, el pensador francés advertía sobre el peligro del “imperialismo” y, sobre todo, el espíritu de cruzada que alentaba el armamentismo norteamericano. “Tan pronto como un pueblo se cree globalmente depositario de los valores de la civilización, esta estima colectiva de sí mismo desemboca en una representación fantástica del adversario como el mundo de las tinieblas.”[1] Se trata, como dice Ricoeur, de una visión maniquea, que considera que fuera de su ámbito del Bien, impera el Mal que, en aquel tiempo era la URSS y ahora es “el mundo árabe.” El espíritu de cruzada norteamericano es fruto de la impronta que dejaron ideas tales como el Manifest Destiny que considera a los Estados Unidos como una especie de “Israel redivivo” o, directamente: The Kingdom of God in America.[2] En síntesis: no hay pedagogía de la paz si no existe, primero, un claro pronunciamiento y una toma de posición en contra de ideologías que legitiman la guerra en cualquiera de sus formas. En este sentido, es oportuno analizar críticamente propuestas como la de Samuel Huntington y El choque de civilización y la reconfiguración del orden mundial[3] Al analizar sus propuestas, Santiago Kovadloff dice, con respecto a la cuestión inmigratoria, (hoy, un tema candente en los Estados Unidos y los proyectos de ley en contra de los hispanos “ilegales”) señalando que, a pesar de que Hungtington no se expide al respecto: “poco cuesta inferir que, para él [Hungtington] los inmigrantes, con su babel de procedencias, hábitos y lenguas, integrarían la masa más nutridas de los exponentes de ese riesgo interno que a toda costa debiera ser neutralizado.”[4] Toda pedagogía y educación para la paz debe partir de una crítica severa a las tendencias armamentistas y promotoras de las guerras –hoy bautizadas con el extraño nombre de “preventivas”- que no hacen más que confirmar que, como toda guerra, se trata de la imposición de la supremacía no de las ideas sino de la fuerza aniquiladora de quienes piensan de modo diferente.

 

 Alberto F. Roldan
Sydney, 27 de julio de 2014
 
Extracto de mi tesis Ética en la praxis educativa desde la hermenéutica de Paul Ricoeur. Tesis de maestría en educación, Universidad del Salvador, Buenos Aires, 2013.



[1] Ricoeur, Ética y cultura, p. 91.
[2] Tomo esta expresión citando simplemente la obra del gran teólogo H. Richard Niebuhr, cuya obra, The Kingdom of God in America, Hamden, Conneticut, 1956, que plantea cómo las ideas teológicas moldearon el ethos norteamericano hasta concebir a los Estados Unidos de América en el Reino de Dios sobre la tierra. Recientemente se ha publicado en castellano la obra de Richard T. Hughes, Mitos de los Estados Unidos de América, Grand Rapids: Libros Desafío, 2005, donde el autor plantea cómo influyeron mitos tales como “nación escogida”, “nación cristiana”, “nación inocente” y “el destino manifiesto” en la conformación de los Estados Unidos para llegar a ser hoy, un imperio de alcances mundiales y expansión permanente.
[3] Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Buenos Aires: Piados, 1997.
[4] Santiago Kovadloff, Sentido y riesgo de la vida cotidiana, Buenos Aires: Emecé, 1998, pp. 58-59.

martes, 15 de julio de 2014

LA INCREDULIDAD ABSOLUTA SEGÚN JUAN CARLOS ONETTI




Juan Carlos Onetti, escritor uruguayo, nacido en Montevideo el 1 de julio de 1909 y fallecido en Madrid, el 30 de mayo de 1994. Gran narrador de historias breves en las que revela la inolcultable influencia de William Faulkner. Esta vez, sólo quiero transcribir lo que dice la voz narradora en su relato “El pozo” sobre la incredulidad.

“-Incrédulo- le hubiera dicho el enfermero si el enfermero fuera capaz de comprender-. Incrédulo –me estuve repitiendo aquella noche, a solas. Esto es; exactamente incrédulo, de una incredulidad que ha ido segregando él mismo, por la atroz resolución de no mentirse. Y dentro de la incredulidad, una desesperación contenida sin esfuerzo, limitada, espontáneamente, con pureza, a la causa que la hizo nacer y la alimenta, una desesperación a la que está ya acostumbrado, que conoce de memoria. No es que crea imposible curarse, sino que no cree en el valor, en la trascendencia de curarse.”  (Juan Carlos Onetti, “El pozo” en Novelas breves, Buenos Aires: Eterna Cadencia 2012, p. 51).

Difícil describir con tanta profundidad la incredulidad en la vida de una persona. Una incredulidad, pura, no mezclada, absoluta, que la persona va segregando diaria, pacientemente. Y que deriva en no querer siquiera ser curado. Como el personaje del evangelio de San Juan al que Jesús le pregunta: “¿Quieres ser sano?” (Jn. 5.6 ). Porque pareciera que el ser humano enfermo, se habitúa tanto a ese estado, que no quiera salir de él. Se acostumbra a la incredulidad y no quiere salir de ella.

 

Alberto F. Roldán

Sydney, 15 de julio de 2014

jueves, 1 de mayo de 2014

La palabra de Dios, Kafka y Orígenes




            La palabra de Dios tiene que ser infinita, o, en otros términos, la palabra absoluta carece aún de un significado en sí, pero está preñada de él. Se va desplegando en infinitos planos de sentido, en los cuales adopta, desde el punto de vista humano, el aspecto de figuras finitas y comprensibles. Con ello se expresa el esencial carácter de clave que corresponde a la exégesis mística. La nueva revelación que le ha sido otorgada al místico se presenta como clave de la revelación. Aún más: la clave puede perderse incluso, pero siempre queda el impulso infinito que acucia a buscarla. Esta no es sólo la situación en la cual los escritos de Franz Kafka nos presentan los impulsos místicos, por así decir, reducidos al grado cero, y aun en el grado cero mismo, en el que parecen desaparecer, conservan una infinita eficacia. Es ya la situación de los místicos talmúdicos del judaísmo, tal como uno de ellos la describió genialmente hace mil setecientos años en forma anónima y en un lugar desconocido. 




Orígenes nos dice en su comentario a los Salmos que un sabio “hebreo” –probablemente miembro de la academia rabínica de Cesarea- le explicó que las Sagradas Escrituras se asemejan a una gran casa con muchísimos aposentos, y que delante de cada aposento se encuentra una llave, pero no la que conviene. Las llaves de todos los aposentos están cambiadas, y la difícil y al mismo tiempo importante tarea consiste en encontrar la llave adecuada. 


Esta parábola, que en lace ya la situación kafkiana con una tradición talmúdica en pleno desarrollo, sin ser juzgada en absoluto de manera negativa, nos puede dar una idea en último término de los profundamente enraizado que está el mundo kafkiano en la genealogía de la mística judía. El rabí cuya parábola tanto impresionó en Orígenes está aún en posesión de la revelación, pero sabe que ya no cuenta con la clave adecuada, y está buscándola.
Gershom Scholem, La Cábala y su simbolismo, trad. José Antonio Pardo, Buenos Aires: Mila Editor, 1988, pp. 12-13
Hace tiempo que estoy pensando en que la lectura “occidental” de la Biblia, realizada tanto por católicos como por protestantes, en su intento por “encerrar” el texto bíblico en un dogma o doctrina, representan clausuras de sentido que deberíamos evitar. La palabra de Dios es infinitamente interpretable y nadie tiene la llave maestra para descifrar sus enigmas. En otras palabras: nadie tiene la revelación como posesión definitiva y única. La palabra de Dios siempre tiene un carácter infinito que se despliega ante las más diversas lecturas. Como dice el Tratado Sanedrin 34a: "De un mismo versículo surgen sentidos múltiples." 

Retrato: Franz Kafka, el gran escritor judío-checo, sobre cuya obra acaba de publicarse el siguiente libro: Walter Benjamin, Sobre Kafka. Textos, discusiones y apuntes, Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2014.